Mostrando entradas con la etiqueta Otoño. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Otoño. Mostrar todas las entradas

sábado, 23 de mayo de 2015

cht cht...

Sentado en el umbral de mi casa --una vez más-- conversando con mi amigo Jonathan --un borrego de siete años que explica sus cosas con un movimiento de manos y de cuello como si fuera una marioneta-- vimos el pasar de una chica que conocía.
Para saludarla le chisté: cht cht... cht cht... Pero como si pasara la misma nada no dejó de mirar hacia el frente, con la cabeza ligeramente picada, y como si pasara de todo aceleró su paso, raudo, escapando. Vencido la tuve que llamar por su nombre: una vez, una segunda vez y como ya se escapaba definitivamente, una tercera vez y más fuerte y quizás... más imperante.
Fue ahí cuando pensó que mejor era mirar.
Fue ahí que me di cuenta del machismo, y en el nefasto entrenamiento que ellas y nosotros tuvimos que tener.

domingo, 29 de marzo de 2015

Yuri Gagarin, el primer poeta del espacio

La Guerra Fría nos privó de la fama que pudiera gozar uno de los poemas más simples, bellos y también pioneros de la historia de la civilización humana. Ahora que contextualizaré esa obra literaria de un no escritor y en un mundo que pendía por la hora en que se consumara la catástrofe nuclear para entonces tantas veces anunciada, esas dulces seis palabras cobran un exquisito sentido. En ese mundo bipolar, durante la carrera espacial a la que se volcaron la Unión Soviética y Estados Unidos, que además de la conquista del espacio y de la arrogancia por pavonear cuántas veces podían destruir todo lo que fuera vida en el planeta con sólo apretar un botón, también se abrió una batalla quizás para nada menor ni anodina; lo llamaré aquí la poesía versus el marketing.
Me daré licencia en esta párrafo para aclarar que no me mueve en este caso una idealización del régimen soviético, ni tomo una postura en el gélido conflicto, ni mucho menos una pulsión de resentimiento por haber sido cautivo de una historia que sí decidió tomar partido por lo que pudiéramos denominar como "marco ideológico occidental". Lo que sí habré de hacer aquí, es simplemente elegir cuál de las frases más inquietantes de las misiones espaciales me resultaron más cautivantes.
Cuando iba a sexto grado de la primaria, en una lección oral de Ciencias Sociales, la maestra me preguntó: "¿Qué dijo el astronauta un instante antes de pisar el satélite natural de la Tierra?" -el giro floripondioso es común entre las maestras de mi país--, a lo que respondí: "Un pequeño paso para un hombre, pero un gran salto para la humanidad".
El recurso retórico que utilizó el astronauta Neil Armstrong siempre me había parecido premeditado, por tanto antinatural y meramente publicitario (lo que llegado a este punto me parece incuestionable darme la razón, pues no debe haber buen padre ni buen abuelo que no le recite las escuetas palabras a hijos y nietos respectivamente). Pero además, estas últimas semanas me he enterado que no sólo que esa arrogancia del astronauta gozara de las formas y frialdades de la premeditación, sino que también la NASA había contratado publicistas, periodistas, lingüistas y otros especialistas de las ciencias del espíritu -que por supuesto nada tenían que ver con el mundo espacial- para pulir un acto discursivo que graficara la superioridad del hombre por sobre la historia, del marketing por sobre la poesía y de los yankees por sobre los rusos; qué más.
Sensiblemente con menor fama, y nada menos que ocho años antes que en un momento de aceleración de la historia no resulta poca cosa, los verdaderos pioneros de las misiones en el cosmos (a decirlo ya: los soviéticos) surcaron el espacio extra atmosférico durante más de una hora, y el cosmonauta que tuvo tal privilegio, Yuri Gagarin, improvisó lo que para este flaco escritor se trata del primer poema espacial y una de las obras literarias más concisas y bonitas de la historia universal: cuando Gagarin venció el miedo de superar la delgada capa atmosférica, chequeó que los controles y relojes de todo tipo de la nave Vostok I se estabilizara en los parámetros normales, se asomó por la ventanilla de su capsula voladora y atajando su emoción nos contó: "¡Veo la Tierra! Es tan bonita"; lo que casi resultó un mensaje para los dos bandos enfrentados.


martes, 29 de abril de 2014

Fin de semana puente

Aseguran que es martes, pero en este lugar es como si fuera viernes. Es el último día hábil de una semana laboral de sólo dos días, y cinco de descanso y/o disfrute. Dicen. Feriado puente le dicen, feriado largo.
Fueran cinco días o fueran dos --o si quiera fuera uno solo- creo que el único instante de plena felicidad es el minuto antes de terminar la jornada laboral. Los administrativos, burócratas y asalariados de tiempo completo por esta vez no escapan de prisa; y hasta esperan dos, tres o hasta cinco minutos que uno salga despacito por la puerta de ingreso que ya mismo estarán por cerrar. Otros ya la cerraron, y te invitan a salir por la puerta de atrás.
Durante todo este martes (aunque algunos no tenemos un solo peso) cuerpo y alma se anticipan a ese (supongamos) “gran momento”, y aunque ese instante pleno es efímero, de sólo figurarse el aire de esos días en que uno pudiera contemplar felizmente cómo se seguirán pasando los membrillos de la parte superior de la copa del árbol de mi vecino, o el cónclave cotidiano de esos gorriones que irrumpen la vecina metalera y hasta la insomne pasividad de los cuscos que cría la dueña del consorcio.
Se anticipa el cuerpo y el alma al fin de semana largo. Y entre todos esos seres efímeramente felices, entre los que efímeramente también me incluí, ahora surjo una vez más pero con miedos, pidiendo que no sea tan largo, que no resulte cerca de lo eterno. Porque alma y cuerpo -metafóricamente y concretamente-- no tienen un solo peso.      

domingo, 23 de marzo de 2014

¿Qué hiciste en la dictadura?

Los que vinimos después, entre quienes no podemos inflar el pecho por los cojones de nuestros padres, nos resulta incómodo explicar el por qué nos gusta tanto hablar de la dictadura. Como si en verdad hiciera falta explicar esos porqué. Los que nacimos en el 84, en el 87, en el 91 o en el 2000, y los que nacerán en 2016 o en el 2022 si quieren, queremos y vamos a querer hablar de la dictadura.
A muchos de nosotros se nos plantea una pregunta visceral, una pregunta para hacerles a padres, abuelos, tíos o cualquier otro adulto que así como no fueron cojonudos tal vez sólo fueron temerosos, ignorantes o incluso pelotudos: ¿Qué hiciste en la dictadura?
Nosotros que somos subestimados cuando nos dicen los "Qué sabés si no habías nacido", "A vos te la contaron, yo la viví", esa pregunta nos salta a cada rato, con bronca, con irreverencia e insistimos: ¿Qué hiciste en la dictadura?
Es que nosotros somos en todo caso la post-dictadura y eso no es poco. Somos la asignatura de Historia con 10 de clases dedicadas al modelo agroexportador y una oración sobre el genocidio. Somos los que nos alegramos por cada nieto recuperado. Somos los precarizados laborales por empresas y grupos económicos que financiaron a Videla y compañía. Somos los que nos bancamos el maltrato policial, fuerza de resabio de la dictadura criminal, en un recital, en una cancha de fútbol o en una marcha. Somos todos esos a los que no nos escucharon, somos los que hoy crecimos, acertamos y erramos como cualquier otra generación; pero fundamentalmente nosotros somos los que incomodamos, porque nosotros podemos preguntarlo: ¿Qué hiciste en la dictadura?
Y la respuesta puede tener diferencias y matices: excluyendo a los genocidas y en el otro extremo a los desaparecidos, están los que decía más arriba: cagones, ignorantes, pelotudos y más: colaboracionistas, traidores, silenciosos cómplices, delatores, oportunistas, giles, indiferentes, exiliados y sobrevivientes. Todos ellos, que mucho no nos han escuchado, tendrán algo para contarnos y nosotros sí estamos dispuestos a escucharlos: ¿Qué hiciste en la dictadura?

jueves, 20 de junio de 2013

Otoño y estepa

O hay una coherencia tonal, coherencia causal, morfológica o si se quiere una coherencia tautológica y hasta contradictoria. Es el comúnmente llamado "Tiempo y espacio", "aquí y ahora" o esta variable personal y austral: "Otoño y estepa". Una forma de escape a todos los agobios

domingo, 16 de junio de 2013

Ruta 3

El portazo que dio Alejandra sonó definitivo. Las ventanas del frente de la casa vibraron y desprendieron parte del hielo que se había formado en el exterior de una noche de otoño en la Patagonia.
Darío yacía en el sofá, recostado con el torso desnudo y un jean gastado, el brazo izquierdo estaba tendido hacia un costado. Darío estaba devastado, incluso más que Alejandra.
Cuando ella se retiró por la puerta del patio interior y bajó la escalera, se encerró un segundo en el auto. Todavía no sabía bien cuál era su plan (tal vez ni siquiera lo tenía).
Sin pensar, encendió su auto que carraspeó antes de ponerse en marcha. La noche estaba despejada pero gélida, luminosa y con una aureola en los postes de luz de las cuadras de la ciudad. Presentía que por fin tenía que irse lejos; lejos y para siempre.
Tomó la ruta 3 hacia el sur; por el rumbo que más conocía. Sin remordimiento pensó que Darío podía ir a buscarla y se autoconvenció: “Qué importa, de cualquier manera da igual”.
Los primeros cien kilómetros la acompañó un amanecer tardío, pero ella sólo iba con la mirada fija en el horizonte, en la ruta de dos carriles que le parecía interminable. Ni siquiera advirtió la luz anaranjada de emergencia del tanque de nafta.
A los 40 kilómetros después de la estación de servicio, en medio de una estepa amarilla de matas bajas, el auto se detuvo.
Intento llamar a un auxilio; pero el teléfono de emergencias de la ruta no funcionaba. “Quién sabe desde cuándo”, pensó Alejandra. Ni siquiera tuvo ánimo de insultar a la vida, ni al país ni a nada que se le interpusiera en su propósito.
Ya no hacía tanto frío, y el sol iluminaba una mañana apacible. Ni siquiera en ese momento Alejandra tuvo el desdén de mirar atrás. Tomó su cartera y continuó, caminando por el mismo rumbo que había comenzado.      

viernes, 7 de junio de 2013

Reminiscencias de pueblo e historia


Desde la ferretería de mi viejo hasta el hotel de mi abuela había sólo una cuadra. Un mediodía, mientras en ese trayecto sorteábamos las baldosas rotas de la vereda, un primo me preguntó: “¿Cuánto es cinco más tres?” Habré respondido "doce", pues era un número que sonoramente me gratificaba. Aunque soy sincero, es un recuerdo demasiado vago el que tengo ahora.
Es en un valle al que siempre es más lindo si se mira hacia el oeste, desde donde nos llega el viento. Por ahí queda este pueblo. Casi siempre fuimos un conjunto de casas desparramadas, distanciados por baldíos de yuyos y alacranes, y tres o cuatro calles cementadas. Cuando aprendías a andar en bicicleta sólo te prohibían una cosa: no cruzar la avenida San Martín. 
La avenida era en realidad como dos calles unidas, con unos boulevares de césped y pinos (en alguno hay una virgen y en el otro un monumento a la guerra; claro, también lo hay de un agricultor). Actualmente, con algunas más y otras menos cosas, luce francamente igual.
Por alguna razón, la fotografía de paisaje –es decir, del paisaje sin más—tiene poco prestigio. Pero qué hay cuando eso tiene tanto que ver con uno.
*
Como muchos otros pueblos y lugares, su nombre fue cambiando a través de la historia. Primero llamaron curiosamente a este páramo (más que a este pueblo) Valle ideal: una depresión geográfica en medio de la meseta patagónica con dos de los lagos más extensos de la región (sólo superados por el lago Buenos Aires, en la provincia de Santa Cruz) y un río cuyo nombre termina con una enigmática doble r final, fueron razones suficientes.
Fue Francisco Pietrobelli quien bautizó así a este valle en 1888, y estaba tan convencido de que era su tierra prometida que el italiano se tomó el trabajo de convencer a cinco familias galesas y una lituana para que lo acompañaran en el propósito de poblar la zona sur de lo que hoy es la provincia del Chubut. Antes de los primeros colonos europeos, la tierra era un terreno frecuentado por grupos nómadas tehuelches, quienes adoraban las bondades de este lugar (los vestigios rupestres entre la sierra del San Bernardo delatan esa simbiosis entre lo natural y la cultura nativa).

El lago que hoy se llama Musters fue bautizado así en honor a un explorador inglés que recorrió la Patagonia como un auténtico tehuelche o tzóneka. Sin embargo, y en honor a las grandes verdades, los tehuelches ya reconocían a este precioso espejo de agua como Otrón, homónimo del mismo cerro que orilla el lago y que hoy los habitantes del pueblo lo identifican como Cerro Pastel. De hecho, este lago ya tenía también una explicación sobre su origen, y adoraban y respetaban esta enorme fuente de vida sin importarles tanto cómo se tenía que llamar.

Pero lo cierto es que George Musters ni remotamente pasó por este lugar ni por este lago. Jamás. Es más: nunca supo de él mientras recorrió por el Oeste, con un derrotero de Sur a Norte, la región patagónica en busca de lo que los tehuelches llamaban el País de las manzanas. Sin embargo, Musters sí conoció e identificó el principal afluente del lago: el río Senguerr, o "Senguel" según sus mapas. El explorador intuyó y describió con asombrosa exactitud el recorrido probable que tenía el curso de agua, incluso su unión con el río Chubut. Imaginaba incluso que ambos cauces desembocaban juntos en el Océano Atlántico. De lo único que fue incapaz de advertir el naturalista, fueron la existencia de estos dos lagos, hoy enormes puntos referenciales del centro de la Patagonia.
También el lago Colhue Huapi, que es una gran laguna de baja profundidad, tiene su propia leyenda. Su nombre sí obedece a un término nativo: es voz mapuche que significa Isla de Tierra Colorada (Colhué significa "lugar rojo o rojizo"; Huapi se refiere a "isla"). Según me contaban, lo que parecería más bien una leyenda, hay infinitos vestigios de culturas ancestrales hundidos en sus turbias y gredosas aguas.
*
Hacia 1895, la comunidad galesa de Gaimán pidió al gobierno nacional que  se fundara una colonia entre las orillas de los dos enormes lagos. Dos años después, al caserío que formaban 17 familias pioneras, se lo decretó con el nombre de Colonia Pastoril Sarmiento. Aunque el término “colonia” genera una caliente polémica entre los propios sarmientinos, la historia le asiste al nombre con una razón pero también con una excusa: aun reconociendo la preexistencia de las culturas originarias, fueron galeses primero, luego polacos, lituanos, italianos y otros europeos quienes llegaron para habitar sesudamente este lugar de manera permanente y sedentaria.
Y ahora la excusa: las colonias pastoriles no se llamaron así en razón a las garras de ningún imperio extracontinental, sino (aunque quizás no menos violento) se trató de una política del Estado argentino para reducir a los indios, acostumbradas a una vida nómada, sustentada en la caza y la recolección. Es decir, lo que logró el Estado fue imponerles la cultura del sedentarismo, otra lengua, otras creencias y cosmovisión, resumidas en la idea de la propiedad privada, una concepción bastante lejana a la cultura Tehuelche.
Mucho después, hacia el centenario de este pueblo, las teorías nos convencieron de un "encuentro" entre dos culturas. Presumiblemente la versión interesada sirvió para aportar al acerbo ideológico. Claro que hasta este lugar no llegaron los máuseres de Roca; pero el alambre ya resultó suficiente y cuesta encontrar descendientes nativos con alguna buena extensión de tierra propia.
Incluso, en la plaza "Centenario" de Sarmiento, se celebra un hipotético y mitológico encuentro entre las dos culturas. Una madera tallada con una posible silueta de hombres con galeras a caballo, alguna carreta, y en el otro hemisferio otros hombres a caballos también, pero con lanzas, el pelo extendido y con sus quillangos. 
*
Muchas historias se cruzan y contradicen en sus más de cien años de historia. De ser el Valle ideal a ser un pueblo excomulgado por la Iglesia por insultar y mear la virgen de la parroquia del pueblo. Se decía que Sarmiento tenía una condena de al menos un siglo; pero después llegaron los buenos años de la bonanza y ya nadie creía en la supersticiosa condena, había quienes ni se acordaban de ella, y mucho menos creían en los evangelios (incluso actualmente hay gobiernos que juran por ellos sin temor a ninguna represalia) y menos que menos creen en sus representantes terrenales.
Mi familia llegó acá en busca de suerte hacia la década del 40, conducidos en ferrocarril y con escalas en El Tordillo y otras estaciones. En uno de los cajones del living de mi casa nativa hay fotos de la familia y de los paisajes de mi pueblo. En realidad: simultáneamente de nuestra familia en esos paisajes. Es decir, no los distinguíamos al paisaje y a la escena familiar hasta mucho años después. Sin embargo, siempre fueron mejores postales nuestras desarrapadas experiencias en la nieve, en el lago, en el bosque petrificado y en el puro campo. Aunque fuéramos muy pero muy poco fotogénicos Sarmiento nos regalaba todo eso.  

domingo, 12 de mayo de 2013

Malvinas en una sola foto

Foto de Mabel Outeda, 19/6/1982

La guerra de Malvinas se puede contar de muchas maneras. Se puede contar cronológicamente escogiendo el punto de partida en 1833, o el 2 de abril de 1982, y hasta llegar al 14 de junio de ese año. Se puede basar un relato en frías estadísticas.
También se la puede narrar desde las opiniones: "Un reclamo justo en una guerra absurda", "una aventura militar de la dictadura", "una jugada política de un régimen deteriorado desde todos los puntos de vista", y hasta quienes la justifican y reivindican.
La guerra de Malvinas es como una herida que nunca termina de cerrar y siempre termina volviendo. Y los relatos son parte de ese recurrente volver.
También he visto muchas fotografías de Malvinas: chicos cagados de hambre, cagados de frío en un pozo de zorro, cagados de miedo y hasta contentos. He visto pertrechos desparramados, armas oxidadas, destruidas y amontonadas. Semblantes de mártires del espíritu nacionalista, del cementerio en Darwin y hasta del poderío militar inglés. Había visto de todo, y hasta leído el informe militar argentino sobre la derrota, los errores, las torturas y el desequilibrio mental de la junta militar[1]. También leído libros periodísticos, históricos, manuales escolares y hasta coincidentes relatos en primera persona.
Sin embargo, recién en estos últimos meses vi el resumen más perfecto de esa herida sangrante que más de tres décadas después sigue siendo la guerra de Malvinas.
La vecina madrynense Mabel Outeda, logró captar todo el significado y todos los hechos de la guerra de Malvinas en una sola foto. Fue el 19 de junio de 1982, cuando más de cuatro mil soldados argentinos llegaron al continente luego de la guerra. Entre los soldados arrimados a la puerta del camión militar y vecinos de la ciudad alcanzando una tira de pan se conecta mucho más que una baguette.
La recepción ciudadana, el emocionado beso de un soldado consciente, la desobediencia civil a una dictadura militar, la ciudad que se quedó sin pan, la llegada al continente de soldados maltratados por la guerra, cruzados por el hambre, el frío y lo que sea; la solidaridad patagónica. Hay miles de maneras de reflexionar y narrar sobre Malvinas; pero por el contenido simbólico, histórico y dramático la foto de esta vecina de Puerto Madryn la escojo porque resume mucho más de todo lo que se ha escrito, analizado, opinado y hasta incluso fotografiado. Es una fotografía que por su propio motivo seguirá volviendo, recurrentemente. 




[1] Referencia al Informe Rattenbach, un análisis militar, diplomático, histórico y político
que hicieron los militares sobre todo el desarrollo del conflicto del Atlántico Sur.

martes, 26 de marzo de 2013

Moscardón


La escena está detenida, todos en pausa, congelados en sus tareas. El único que continúa móvil soy yo y extrañamente también una luz titilante y amarilla de la impresora. Elvio también está inmóvil claro, frente a su monitor encorvado hacia el teclado y con el índice congelado en dirección a la tecla espaciadora. Marlen con su mano en el mouse y mirando fijo el monitor. Marisa también está congelada, pero con los brazos a medio alzar y las manos detenidas cuando se frotaba ambos lados de las sienes, estancada en un gesto de queja, con los ojos cerrados.
El moscardón de la redacción es otro de los que puede revolotear y se escucha muy levemente el resuello de su zumbido en el mientras tanto de esta escena paralizada. Mi lapicera se me cae de entre las manos, choca contra el suelo, rebota y vuelve a caer, y es justo en ese segundo golpe cuando arranca la función: el ruido de los teclados, el televisor a muy bajo volumen, las offset de planta baja susurran al igual que la calefacción por aire caliente, se da el chirrido de una silla y la impresora toma y vomita papeles de matrices sin parar. Es el momento más caliente del cierre, todos en sus tareas.  
En el Periódico de Marisa, la directora Clonazepán resolvió que a partir de la gripe H1N1 no se puede compartir el mate. “En LU 17 lo hacen hace tiempo, pero en realidad para que no se pongan a conversar en grupo”, se diferenció con la radio golfina. Eso lo dijo el otro día.
Como estaba parado en medio de la redacción del periódico, giro sobre mí y bajo la escalera donde El Tío, quien me dio la sensación que hasta recién también estaba detenido, alza la vista por sobre los anteojos y me mira. Está escribiendo un tango sobre los “Nadies”. Me mira porque lo se, y entonces se sonríe. También sonrío.
Me puse a pensar que tenía una ventaja, leve, minúscula, pero ventaja al fin: seguí vivo durante ese instante. Le pregunté a El Tío si el barco se hundía, y salió gritando hacia el fondo, proclamando que “¡el barco se hunde, que nos vamos a pique!”. Volví a quedar pensante: él seguía más anticipado: supo antes que todos que de alguna manera, o de varias maneras, todo esto se iba al carajo. Tal vez El Tío tampoco se había quedado inmóvil.
La edición de mañana sale a destiempo; pero nadie lo notará demasiado. Un profesor de periodismo me lo dijo, a las once de la mañana el diario sirve para envolver los huevos de la despensa. Yo pensaba algo parecido, o algo complementario: hay que tener cuidado en cada línea que uno escribe, tiene que realmente valer la pena porque después de todo, se talan árboles para la estúpida nota de chusmerío político. La directora Clonazepán, está convencida que es periodismo, y al parecer por eso, contradiciendo el acto heroico de nuestro papel de todos los días, nos rompe los huevos.
La escena se congela una vez más. El Tío estaba por volver del fondo donde había salido gritando y ahí, congelado con una sonrisa fuera de sí, lo veo un poco partido. Se lo hemos dicho ya que está loco, y él sólo sonríe. En uno de los costados de la puerta del diario, las ediciones anteriores se acumulan sin vender. A diferencia de la situación anterior, nada vuelve a revivir, parece aquietarse para siempre. Quise regresar y no podía, mis manos se quedaron semi extendidas hacia el frente y mi cara ladeada hacia mi derecha. Todos estábamos paralizados; pero hacia el final noté que el moscardón continuó revoloteando.

domingo, 10 de junio de 2012

Una reivindicación del Chupat Chubut


Y no era que pasabas a cuarto y nada más. Aparte del cambio de turno, de la cálida escuela de la tarde a la insufrible escuela de la mañana, el grado escolar de los nueve años venía con el litúrgico Chupat Chubut.
Algunos lo llevaban bajo el brazo, como mintiendo que lo leían en cada obligada pausa. Por ejemplo cuando uno formaba la fila en el momento de izar la bandera, antes de ir a las aulas. Otros lo forraban con papel araña azul y lo etiquetaban solemnemente, por ejemplo:
Fabián Martínez
                               4to grado                                    
Ni hablar de esos que también aclaraban el nombre de su buena maestra, que para algunos era como la segunda mamá, y que nos llenaba de Tarea el pizarrón quince minutos antes de terminar la clase.
Fue en cuarto grado que el Chupat Chubut se nos hizo un sacramento de nuestra irrenunciable escuela pública. Era como la ostia, pero más divertido y de mucho mejor sabor.
Con el Chupat aprendimos cosas vitales. De inmediato sabías que el puntito del centro de la provincia era el departamento de Paso de indios, y eso disparaba la indomable imaginación que los nenes bien acostumbran a esa edad: eran, invariablemente, unos indios sin caciques, con enormes y llenas de polvo pieles de guanaco, y algunos de león patagónico, caminando en familias y con algún que otro desgraciado perro.
Con el Chupat aprendimos a escribir el río Chubut y el río Senguer de forma avivorada, respetando su caprichoso curso zigzagueante. Fue un despropósito político que a los diez, cuando uno pasaba a quinto, le olvidaron el Chupat Chubut y nos cambiaron los hábitos para meternos los días de la raza, los problemas de hidatidosis, las divisiones de dos cifras, las unimembres y los bimembres, las fotosíntesis y las síntesis a secas. El delito fue envejecer y el castigo fue quitarnos el libro de la provincia del Chubut, con su historia, su geografía y sus leyendas.
Fue otro despropósito aun peor cuando de por sí lo quitaron hasta de cuarto grado, excusándose en desactualizados como si el paso de los indios ahora fuera en camioneta y con teléfonos celulares.
Dicen que por ahí, en algunas buenas bibliotecas de pueblo se lo encuentra de maneras diversas: con papel araña ya no sólo azul, sino también verde y algún que otro raro en amarillo, con hojas dobladas, livianamente subrayados con lápiz, con dibujos de vergas y hasta con un chicle pegado. Hay de todo.
Será cuestión de que cada cual busque el suyo; porque hoy contra los santillanas y los kapelusz, releerlo será un dulce acto de revolucionaria melancolía.                                                                                           

viernes, 4 de mayo de 2012

La vida según Esquel

 Historia de los asentamientos, el entorno ecológico y las amenazas.

El valle típico de la comarca andina
Esquel es un lugar; y con decir eso no se descubre nada. Pero la ciudad cordillerana resguarda más que un entorno natural hipnotizante entre la encerrona de los cerros, el bosque y los lagos de origen glacial. Quizás hoy lo delate su ritmo de pueblo sin semáforos, pero esencialmente sin prisa. Es que alguna buena relación causal tiene que haber entre automovilistas que respetan ceremoniosamente al distraído peatón que cruza por la esquina y el contundente “No a la mina” del 2003. Parece que es un pueblo donde las personas van a quedarse, a hacer/ser su lugar, y joder que eso nos tendría que tajear un poco la conciencia.
 *
Empecemos. Tempranamente, las culturas originarias se habían convencido de lo favorable que les resultaba esta zona. Aún los largos periodos de intenso frío raras veces el clima es severo. Y aunque los tehuelches eran nómades aquí siempre sobró el agua, los animales de caza y también los frutos silvestres. En resumen: no valía la pena irse mucho más allá. Por ejemplo el huemul es una especie de ciervo, que hoy está en peligro de extinción, que les aportaba abrigo y alimento.

También fueron contemporáneos los mapuches (ramificación de los araucanos) que eran eventualmente sedentarios; es decir, siempre que el territorio se lo permitiera cultivaban y se organizaban en aldeas. Francamente lo podían replicar aquí.

La historia es más compleja. Los tehuelches eran los naturales de la región y mantenían contactos comerciales y culturales con los araucanos del otro lado del declive cordillerano, hacia el Pacífico. El cordón andino más que separarlos los unía; y eso se debía al conocimiento de los pasos, del clima y de los recursos. La sangrienta Guerra de Arauco y forzada migración que sometieron los realistas del lado chileno a los araucanos los llevó a cruzar la zona baja de la cordillera, mayormente por Neuquén, y continuar hacia el sur, compartiendo el espacio con tehuelches y poco a poco predominándolos por la guerra o por fortaleza cultural[1].

Después, con los galeses y hacia 1865 irrumpieron los europeos. De origen labradores, pero también industriosos y mineros. Con instinto baqueano siguieron el curso del río Chubut, y llegaron a lo que los tehuelches llamaban Esquet (abrojal), zona de caudalosos arroyos producidos por deshielo.

Cuatro años después el explorador y científico George Musters, de excursión por la zona, no sólo describe de Esgel (así lo llamó en su elaborada cartografía) su patrimonio ecológico, sino también su riqueza aurífera. Por esos años el poder de las naciones se medía en oro, y Musters era inglés; sabía de lo que estaba hablando.
 **
La naturaleza es benévola y lo rodea a Esquel. La actual ciudad está encajada entre los cerros Nahuelpan, La Hoya, La cruz y La zeta. Entre sus bajas pendientes hacia el este lo viste un constante y sinuoso valle de frondosos álamos y pastizales. Las cumbres cordilleranas de nieves eternas estampan el oeste. Para donde se mire el panorama roba la atención.

Planta de rosa mosqueta
Encima de la ciudad, la laguna La zeta. El insospechado espejo de agua está rodeado por un litoral de juncos que se repite continuamente, como el fondo de una caricatura animada. Caminar por la orilla es como no llegar nunca a nada, es, infatigablemente, caminar en círculo con el mismo cuadro.

Viajando al sur está Trevelín[2], la ciudad que hace nacer a Esquel y también con una fuerte identidad galesa. Retomando la ruta 40, hacia el norte, se bordea la meseta del este chubutense hasta adentrarse en otros paraísos y pueblos cordilleranos (Leleque, Epuyen, El Hoyo). Entre el bosque y los caminos, las plantas de rosa mosqueta dominan las laderas y banquinas. Muchos años se temió por la plaga que resultó esta planta exótica; pero por la convicción irrefrenable en que se expandió, los cordilleranos aprendieron a convivir con ella.
PN Los Alerces

El Parque Nacional Los Alerces está hacia el oeste, limítrofe con Chile. Tiene 263 mil hectáreas de bosque y selva valdiviana. Las fuertes depresiones de las montañas forman profundas cuencas y los nevados inviernos alimentan los lagos Menéndez, Rivadavia, Futalaufquen y Krügger.

Más todavía. Las mutisias son flores silvestres que se hacen un lugar y resaltan blancas o anaranjadas entre el fondo verde oscuro del bosque y el negro del humus. Las especies arbóreas predominantes son la lenga, el ñire, coihue y el alerce, que tiene el privilegio de ser el segundo ser vivo más antiguo del planeta. Para resumir y entender: sobra vida en este lugar, con pretensión de eternizarse.
 ***
Las mutisias
Pese a todo, según cuentan algunos esquelenses, la vida está amenazada. La minería, esa actividad extractiva y compulsiva de metales tiene un fuerte potencial; pero a costa de romper el sistema ecológico: con la desertificación simplemente se agotaría la vida.

En el 2002 se dio el intento más recordado por desarrollar la minería, con el apoyo político de la mayoría de los partidos gobernantes, y una costosa campaña de publicidad, marketing y operaciones de prensa para mostrar una posible extracción benevolente y creadora de puestos de trabajo.

El pueblo desconfió, se informó e inmediatamente se organizaron para presionar al poder. La utilización de cianuro, ácido clorhídrico y soda cáustica, más la vulnerabilidad de la laguna Huillimanco los alarmó y los radicalizó en la defensa de su lugar. La lucha se dio en las aulas, en el comercio, en la ruta, en la plaza hasta conseguir la primera gran victoria: la cuestión minera se decidió en un plebiscito no vinculante, y más del 80 por ciento de los esquelenses votaron por el “No a la mina”.

Nueve años después el miedo continúa. La empresa Minas Argentinas SA tiene oficinas en la ciudad y realiza estudios, lobby y saca cálculos. Ya el gobernador provincial admitió su inclinación por discutir a fondo el desarrollo minero y el grueso de los medios periodísticos de la provincia trabajan para atenuar el temor social. Pero el único semáforo de la ciudad parece ser el de la minería, y hasta ahora siempre lo tuvieron en rojo.
Uno de los murales en el centro de la ciudad

Ahora no sólo es Esquel. También son Gastre y Gan Gan, Paso de indios y la zona sur de la provincia que están dentro del plan de extracción de minerales. La minería es insaciable, va a todos lados y simultáneamente.
***
En este punto patagónico, frecuentemente surge una repentina ráfaga de viento. Los álamos se tuercen, la superficie de lagos y lagunas se ondulan con violencia, y en los pajonales los tallos chocan uno con uno. Entre todos provocan un resuello que se expande por el bosque, choca contra la montaña y baja hasta el pueblo. Hay quien podría pensar que es como un llamado a silencio. Pero en realidad es como un suspiro, que surge de la conciencia y de su historia. Hay un mural en el centro de la ciudad: es una bandera argentina y en vez de tener un sol dice simplemente “No a la mina”.  
  


[1] Se denominó Araucanización al proceso de hibridación y predominio de los araucanos por sobre los tehuelches, que culturalmente eran más rudimentarios.
[2] Localidad cordillerana de origen Galés, cuyo significado es Pueblo del molino.

lunes, 16 de abril de 2012

Y un lunes de otoño


En realidad fue el domingo a la tardecita[1], que mirando por la única ventana que da al este me di por enterado que fue como de golpe que se desnudaron las copas superiores de los álamos más altos y viejos, mientras los otros se van tiñendo de un verdecito[2], muriéndose en la época donde de alguna manera todo se muere un poco.
Al parecer esto es así de franco. El otoño mata primero el verano y después el jolgorio. El invierno es muerte despiadada, angustiante. Pero es por eso que viene la primavera que hace nacer matando; matando ese invierno crudo. Y luego, el verano, que también se nos empieza a morir.
Ahora fue la melancolía del otoño arremolinada con el viento que por algún capricho recién llegó en la madrugada del lunes, un poco retrasado por el verano tardío al que tuvo emborrachado y a maltraer.
Y con el otoño no sólo llegó el viento; sino que también nos trajo ese aire frío, penetrante.
En conclusión: nos costó advertir el otoño este fin de semana. Es que si bien se acortaron los días[3] se cortaron más bien por la mañana y por eso mismo nos enteramos del todo el lunes, cuando algunos se desperezaron anudados en el ombligo, refunfuñando con la baldosa fría y deprimiéndose con la luz blanca del botiquín de cualquier baño.
Y así como los álamos, como los burletes y el rastrillo del placero se enteraron del otoño unos días previos, fue este lunes de frotarse manos que nos caímos final y recurrentemente en el otoño.


[1] Término no del todo académico que refiere a esa franja horaria que va desde el principio del ocaso hasta la noche. Acepción: nochecita.
[2] Verde desaturado, que de a poquito se nos va amarilleando.
[3] Expresión popular (?) que destaca esa vocación del sol por irse de hemisferio un rato antes de untar la manteca en la tostada.

lunes, 2 de abril de 2012

Viaje a la meseta

Descripción geográfica. La cuestión minera y el conflicto social letente.
Ruta provincial 11, Camino a Gan Gan

 _ ¿Cuánto tiempo tengo para pensarlo?
_ Y… poco. En media hora estoy en la ruta.
La invitación de mi viejo de acompañar el viaje de comisión del organismo de tierras fue sorpresiva, súbita y espontánea, y ninguno de estos adjetivos se redundan ni exageran. La cámara, un libro, un cuaderno y una campera fue el equipaje básico que pude priorizar y a los pocos minutos ya estaba parado frente a la camioneta, esperando que carguen los bolsos.
Luego de pasar de largo las localidades del valle inferior del río Chubut nos desviamos por una ruta de ripio consolidado, hacia el norte de la provincia. La huella estaba bien marcada y el camino de ida fue rápido: cuatro horas desde Playa Unión hasta Gan Gan, en una ruta reclinada hacia la meseta patagónica y a un promedio de velocidad de 120 kilómetros por hora en buena parte del tramo empedrado.
Siempre estuve convencido que la región de la meseta era la típica flora de un clima árido, de puras matas achaparradas. Pero salvo la parte a la salida de Trelew y la zona norte de Gaiman y una vez que pasamos por Bajada del Diablo y Bajada Moreno aparecen mallines de pasto tierno –lo más parecido a un prado pero en clima frío y ventoso- regada posiblemente por surgentes. Las estancias se vuelven más pintorescas, abrigadas entre los cerros y con animales de pastoreo de buena salud y buena lana pese a los meses críticos por las secuelas de la ceniza que diseminó en el sur el volcán Peyehue en el país trasandino.
Dejando atrás Chacay Oeste, la línea de montañas que nos cortaba el horizonte a poco de salir de viaje dejan de ser azuladas y se tiñen de morado, se distinguen detalles de las laderas y los pliegues de la cumbre son menos suaves y más grandes.
Gan Gan es un pueblo paisano. Más bien un caserío pero que ya cuenta con sus mil habitantes y otro puñado contando los que están desparramados por las estancias. Montenegros capitalizan por aquí la historia conveniente; y los apellidos nativos, como usted y yo más o menos lo intuimos. Claro, ya predomina el criollaje
Entre una cena y un almuerzo de lo que duró nuestra estadía probamos chorizo casero, carne de capón y un sabroso pero muy grasoso piche (animal salvaje, similar a la mulita pero más pequeño) que se acompaña con vino –a costo de sufrir un empacho si lo remplaza por agua o gaseosa-.
Antes de la cena, unas horas después de llegar, los miembros de la comisión se juntaron en el comedor y entre rumi, truco, picada y fernet esperaron la primera y abundante comida. Hay una verdad casi universal: uno llega a un lugar así y se tienta con vestirse un poco como criollo, hablar como paisano y pensar como gaucho. A todos nos pasa en mayor o menor medida.
“El camino está bueno. Mucho tránsito. Las mineras van ‘pacá y pallá’” comentó un miembro del organismo que ya ha venido a Gan Gan una docena de veces. El director de la comuna lo mira como perdido, reclinado y encorvado en su silla, y luego asiente con la cabeza.
La minería es la cuestión emergente. De a poco se abre el debate sobre qué hacer con los minerales que tiene la tierra de la meseta; el gobernador ya lo anticipó y las empresas se dieron sus licencias para hacer los estudios, para escarbar la tierra y ver qué se puede sacar. Hace unas semanas, un diario regional anticipó que en la actualidad hay 135 proyectos mineros en marcha, todos recién en etapa de prospección, dominado por empresas canadienses e inglesas y la mayoría en el departamento de Gastre, donde se encuentra el pueblo de Gan Gan y la localidad del departamento homónimo.
Ocaso y tierra en suspensión en la meseta.
Hasta ahora, los yacimientos minerales de los últimos años están vedados a la explotación luego de que la ciudad cordillerana de Esquel se opusiera en el 2003 a lo que sin vueltas llaman minería contaminante. Sin embargo, en esta zona, las tareas de exploración y análisis son constantes. Camionetas japonesas de última generación, con doble tracción y equipos de seguridad entran y salen por los caminos rurales, no tienen ningún ploteado en la carrocería; quizás para no encender la alarma de los que algunos peyorativamente llaman “ambientalistas”.
El gobernador lo dejó bien claro: una explotación minera tiene que reunir tres cosas: licencia ambiental, licencia económica y licencia social. La social es la más conflictiva. Las posturas públicas (porque las posturas científicas son suspicaces e interesadas) se volvieron irreconciliables: los que quieren el trabajo y los que quieren salud.
En el corto pueblo uno de los pocos paredones tiene una leyenda confusa: en letras negras se lee un “No a la mina”, y encimadas en las mismas letras con pintura roja y trazo más fino un “Sí a la mina”. Lo curioso y vago es que firman “Los mineros”, pero con pintura negra.
La entrega de título de los terrenos que vino hacer el organismo es al menos oportuna: en un año los precios de esas tierras se podrían disparar si de pronto se hace efectiva la explosión mineral. Es una incógnita si la tierra y el agua pueden resistir saludablemente a la minería; aunque al menos --miserable consuelo--, los paisanos serán dueños de sus casas.
Ya me estaba por dormir en la mansa noche del pueblito y tras dar un paseo nocturno por las calles me quedé pensando que no se qué cuernos tenemos que entender con eso de la patria. Aunque hacer patria debe ser algo parecido a vivir en Gan Gan. Me rodaba en la cabeza cómo uno puede terminar viviendo en un lugar como Gan Gan. No lo digo con desprecio, sino todo lo contrario: cómo se cae desde otro lugar (y me he cruzado con gente de otros lados de Chubut y hasta del norte de nuestro país) a un pueblo que ocasionalmente no tiene señal de telefonía celular y sólo lo comunica un colectivo de línea una vez a la semana, con las ciudades más o menos grandes a más de 200 kilómetros de distancia y por ruta de ripio. De qué podría escaparse uno por acá.
De regreso a Playa Unión cambiamos el trayecto por el que llegamos. Una ruta paralela al norte, que no tenía buena huella y de la cual sólo pudimos pasar los 100 kilómetros por hora en tramos cortos, interrumpidos por badenes que forzaban el frenado y con 90 kilómetros de distancia más extenso. Pasamos por Telsen, un pueblo que me dio una sensación enérgica; quizás por el horario: los chicos salían del turno escolar vespertino.
En la inhóspita ruta cruza la línea de alta tensión que va de la cordillera a Madryn.
Acá sí: la ruta se parecía más a lo que imaginaba antes de este viaje: aridez, choiques y guanacos, y muy poco tránsito, sólo un camión cisterna de combustible al costado de la ruta. Fuimos saliendo de la meseta hacia el este, ya declinando geográficamente cuando se empezaron a divisar los enormes molinos de viento del litoral atlántico. Con la luz anaranjada y rasante del atardecer iba alargándose la sombra de nuestra camioneta.

domingo, 18 de marzo de 2012

A propósito del glaciar Perito Moreno

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento podríamos haber recordado cuando se quebró el glaciar Perito Moreno.
Sin embargo, la monumental pared de hielo y la monumental conjugación verbal de algo que podría pasar en el futuro, pero cuya premisa no sucedió en el pasado, nos desbarata una historia del más puro realismo mágico y nos habilita a imaginar iguales formas románticas de enfrentar la muerte pero que no sea justamente esta ni frente a un texto con tantas sin razones como el que sigue.
Pasa que el dique de hielo del glaciar Perito Moreno se desmoronó en la madrugada, cuando las cámaras de televisión estaban apagadas y el parque nacional cerrado, como prudente resguardo. Los miles de turistas vernáculos y de tantas partes aficionados a este placer visual se quedaron este inoportuno 2012 con las ganas.
La vigilia del rompimiento del glaciar es una de las piezas publicitarias más maravillosas y absurdas. Según una página regional ocho millones de personas intentaron ver el fenómeno por Internet, muchos de los cuales ni siquiera saben bien de qué se trata un glaciar ni dónde queda el Perito Moreno. Pero al menos podemos estar seguro que ese rompimiento nos tiene que destartalar aunque sea un poco el horóscopo y echar la suerte de los suertudos y atraerla a los desgraciados.
A fin de cuentas, el trueno y caída de tantísimas toneladas de agua congelada, custodiada por otras barreras de igual composición pero distinta naturaleza (éstas son aparentemente eternas) demuestra pocas cosas pero que a falta de certezas vitales lo hacen mucho:

·         Que el Glaciar no se haya caído el 27 de octubre de 2010 demuestra que Néstor Kirchner fue un gran presidente pero básicamente no era Dios. Porque de serlo hubiese programado que ese mismo día se desmoronara un monumento natural de su nativa región y el que tanto ayudó a promocionar.

·         Que semejantes trozos de hielo cayendo y transmitidos en vivo es mucho más atrapante televisivamente que la vigilia de la llegada de los pingüinos a Punta Tombo, recurso publicitario que quiso emular la vecina provincia del Chubut, pero con resultados menos interesantes y sensible menor rating.

·         Que los kelpers por un rato quisieron ser argentinos, aunque ninguno lo haya expresado verbalmente.

·         Y que debido a la irregularidad de los rompimientos (1986, 1988, 2006, 2008 y 2012: ni cada un par, ni cada cuatro años, ni sólo terminados en 6 y 8, y ni siquiera en números pares porque se registra uno en 1977) los más probable es que Dios no exista; por eso más que bueno es haber tenido aunque sea un gran presidente como Kirchner.
Quien sabe cuándo se nos podrá repetir esa oportunidad de sospechar sobre la conveniencia y existencia o no del más grande, que la televisión acapare nuestra atención con un espectáculo potable que seguramente volverá a ser nocturno y que los kelpers envidien, por lo menos el rato que nos dura, ser argentinos. Pero entonces quizás tendremos una remota chance de acordarnos como si tal cosa en ese momento supremo que es ante un pelotón de fusilamiento.