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viernes, 20 de marzo de 2015

Elecciones

He elegido un libro y un lugar. El libro: Martín Fierro. El lugar: el umbral de mi casa.
Resultaría conveniente --lo doy por seguro-- montarme a la lectura de la literatura gauchesca en un lugar más cómodo: quizás: tirado a las anchas en mi cama, con el velador que ilumine parejamente el papel mate de esta edición de 20 por 30 centímetros la hoja, con más de 100 páginas de estudio preliminar, tipografía del 12, edición ilustrada, tapa dura, recubierta de tela y título estampado.
Pero no. Mejor será el tantas veces elogiado por este autor escaso: el umbral de la casa. Ese lugar angosto, casi ni frontera, que muy lejos de ser terrible resulta inquietante y hermoso: las piernas se arrojan el derecho de abrirse a sus anchas en las veredas y ocupar así el tan bastardeado espacio público.
Algún universo de responsabilidades, azares, contrapuntos y también coincidencias deben emparentarse para reunir estas variables aparentemente deslindadas: espacio público, Martín Fierro, o literatura folclórica, umbral, transeuntes, taxis, remises, perros, viento, ruidos, polvo chatarra y el fin de un verano que como el Martín Fierro, el umbral, el barrio, la pose y el espacio público nunca pretendieron ser algo anodino.

domingo, 22 de febrero de 2015

Sujeto tácito I: Por dos gambas y media

A Diego Lacunza, que me debe $ 250 ajustado a inflación
Condicionaron su libertad al precio de menudeo de arvejas. Bajaron la mirada, se inventaron llamados telefónicos, se escabulleron entre columnas de interior y disparan errantes, en suerte de círculos concéntricos, zig-zags y presunciones de "gente importante". Con su música clásica de fondo; imaginando el vaivén de la batuta.
Negocian su libre albedrío en un "llamado oportuno". Traicionan y traicionánse. Pero a fin de año, entre villancicos y caridad parroquial, sentiranse capaces de brindar no por lo que fueron sino por lo que pudieron ser.    
Se sientan en honorables bancas, alzan el índice con el cual simulan también una batuta, manifiestanse cómo tienen que ser las cosas cuando no el mundo y bajan la batuta, dirigen y estrangulan su propio ideario que alguna vez, con toda mediocridad, sueñan escribir.  

lunes, 2 de febrero de 2015

El pasante

Las horas de sueño del señor, las horas de ocio, de sexo, de idiotización frente al televisor son custodiadas por el pasante; eufemismo del esclavo durante el siglo XX-XXI.
Por 20 gambas las ocho horas el cuerpo inocente del puber desesperado y contento se somete al escandaloso capricho del señor feudal; patrón en el siglo XX-XXI.
Cuando en el monitor titila la luz roja, el pasante, trabajador precario según el eufemismo del siglo XX-XXI, aplica con deshonrosa disciplina y ternura mal llevada el protocolo de emergencia que con tanto desdén explicó el dueño del boliche, propietario del siglo XX-XXI. Para el propietario del siglo XX-XXI, su negocio "es difícil de explicar, y fácil de enseñar".
El señor, el feudal, el patrón, el propietario del siglo XX-XXI sueña en paz. El pasante, el esclavo, el puber, infelíz pero contento monta su guardia, alza la frente y se congracía con su propietario, vende su poco casi nada a cambio de que el dueño del siglo XX-XXI le muestre su dentadura esmaltada y blanca que también le custodió su deshonroso pasante.

lunes, 12 de enero de 2015

Comandante Tato, hasta la victoria siempre

Pocos sabían que el comandante más belicoso de la revolución de las tierras australes fue el hijo bastardo de una gata casquivana bien de la vida. Apenas nacido fue abandonado en una terraza al cobijo del impetuoso viento del Oeste, como única y última expresión de cariño de su madre, y fue adoptado por una familia patricia de la cual aprendió los rudimentos de la lectura, los vicios y las dudosas prácticas cristianas.
Su carácter belicoso e irreverente se desató temprano, cuando expulsó de su cuadra a un perro ladrador pero de pocas mordeduras. Las riñas callejeras forjaron su ímpetu y lo erigieron en un líder cierto, respetado, atinado y temerario. Iba madurando así sus atributos de comandancia.
En una batalla temprana la explosión de un obús le voló los testículos que irremediablemente terminó por ser peor para el enemigo: la cirugía incluyó la mutilación de su pene el cual remplazaron con un tubo urinario contra natura. Desde ese momento, el ya comandante Tato se dedicó por entero a la revolución socialista cultivando una vida sobria, austera, alejado de las gatas y vicios de su primera juventud.
Cercenada su vida amorosa, acentuó su personalidad beligerante y temeraria alcanzando grados de heroismo los cuales le valieron apodos como "El espartano", "Atila del Sur" y hasta "Tato, el imprudente".
Por proteger una patrulla propia que había sido emboscada en los montes del valle sarmientino recibió un disparo en el ojo derecho, el cual sin ningún tipo de sanación ni remedio por la precaria sanidad de una guerrilla revolucionaria distante, curó a fuerza de mantenerlo cerrado en una inacabable guiño a sus camaradas y enemigos. Aun tuerto, el comandante Tato no perdía el equilibrio entre los riscos y precipicios que sorteaba en cruentos enfrentamientos de guerra.
En una de las operaciones más intrépidas de los ejércitos populares del mundo, cuando arrebataron de un tren blindado tan custodiado como para rechazar tres veces el desembarco de Normandía, recibió un tiro en las costillas que no lo acercó más a la muerte de lo que ya la desafiaba jornada a jornada, y curó con una pasta de coirón y poa huecu que se untaba cada hora y media.
En otra encrucijada sobrevivió tres días escondido en un tanque de brea en medio de las filas enemigas cuando se infiltró para desbaratar una de las ofensivas del ejército conservador que según sus informantes de confianza pensaban someter los dos flancos vecinales de su zona de influencia.
Las acciones heroicas se extendieron durante los 16 años que duró su misteriosa revolución: por salvar a su inmediato subalterno, a quien apreciaba por ser tan distinto a él (un patricio de pura sangre, mujeriego, indisciplinado y vago) cobijó en su vejiga perdigones de escopeta los cuales una vez más pensaron que sería la causa de su muerte.
Internado en una tienda de campaña, resolvió darse él mismo el alta tras dos días de convalescencia para tratar de dar un golpe sorpresa sobre la cuenca del río Senguer en la que resultó un fracaso guerrillero tan sustancial que su ejército quedó reducido a menos de la mitad.
Ya de viejo, y cuando su ejército retrocedía y se recostaba en los barrios céntricos de una ciudad que se había acostumbrado a convivir con la guerra, impartía órdenes sin lógica ni estrategia, y hasta sus coroneles sospechaban que así jugaba un partido mental en el que prefería entender la psicología humana más que la fortuna de una revolución fuera de su tiempo.
El verano anterior a la capitulación que firmaron sus traidores coroneles, un envenenamiento lo dejó otra vez cara a cara con la muerte a quien virló a partir de una dieta asquerosa que le generaba vómitos tan terribles que nadie se podía acercar a cinco metros de su figura.
En la última batalla, en la que juró batirse hasta la muerte, logró vencer al gato amarillo, un alter ego de otra ideología a quien ajustició en medio de una pelea cuerpo a cuerpo. Aunque sus pares cansados de la guerra y necesitados de sus mujeres y fantasías de hombres comunes lo abandonaron a su suerte, el comandante Tato murió empuñando su arma pero a causa de la vejez. En sus 108 años de edad, el comandante Tato llegó a gozar de ocho vidas gatunas, vivió los cambios de época como el derrumbe de las Torres Gemelas de las cuales nunca nadie supo qué pensaba, vivió tres elecciones generales en las cuales analizaba cómo resultaban según su circunstancia revolucionaria y guerrillera; y por fin, envejecio melancólico tras la perdida de algunos de los líderes anti sistema que más lo estimaban y ayudaban.
Cerró su único ojo sano sin emitir una última voluntad, rememorando tal vez la única felicidad a la que dedicó su longeva vida: cuando su abuela abría una lata de atún que para él era como una fiesta.
Comandante Tato, ¡hasta la victoria siempre! 

domingo, 16 de marzo de 2014

Ciudad tilinga

La tilinguería se define por su propia práctica, y la cuestión hoy aquí es saber si podemos encontrar la definición para etiquetarla a una ciudad y no --como casi siempre-- a las personas. Lo cierto es que este texto no pretende caer bien, pues sigue a ese gran propósito que es “escribir para molestar”. No hay una definición absoluta de lo tilingo, pero bien podríamos resumirlo en aquella imposición basada en nada, fijándose en lo inútil y en puras vanidades para hacerse “la fama de…”.   

1 Frente a la plaza central de Puerto Madryn, centro cívico de la ciudad del golfo, hay un locutorio con servicio de llamadas internacionales. Diariamente decenas de peruanos y bolivianos alimentan a los dueños del negocio con llamadas a Lima, Cochabamba y La Paz. En las paredes del locutorio hay cinco relojes que indican las horas de París, Londres, Tokyo, Sydney y Miami.

2 De diciembre a febrero, negros provenientes de Mali pululan por la playa y por la rambla vendiendo relojes de imitación, plateados y dorados, anillos, collares y pulseras en metales pulidos que se enredan en un maletín tipo bancario. Apenas hablan castellano y trabajan todas las horas de sol. Durante el crepúsculo se vuelven invisibles.
En el pasillo de ingreso al edificio de El Diario que se jacta ser de la ciudad, una galería de fotos muestra a una veraniante acostada boca abajo, brillante de aceite bronceador que contrasta con uno de estos vendedores ambulantes de Mali, quien está parado sosteniendo su maletín abierto y sus chucherías. El epígrafe de la foto es elocuente: “El verano ofrece los paisajes más llamativos”. Más allá de las categorías de lo llamativo, cuando termina febrero, hacia el final de la temporada estival, los negros ejercen (antes de marcharse y cuando la ciudad se queda sin visitantes) su pleno derecho de disfrutar la playa de arena: improvisando arcos con remeras y maletines, juegan un picado once contra once, Vestidos contra Desnudos.

3 En barrio sur, entre los suntuosos chalets y la zona más forestada del por sí escarpado paisaje madrynense, las verdulerías pasan a llamarse “tienda de vegetales”, las veterinarias “tienda de mascotas” o “clínica de animales” y los peluqueros se reciben de “estilistas” o “coiffeurs”.

4 Bolivia no tiene mar, pero acá a los bolivianos les sobra. Atraídos por labores bien pagas pero esclavos de condiciones precarias de contratación y estabilidad, cientos de inmigrantes bolivianos con ciudadanía argentina legítima y legalmente adquirida trabajan en las empresas pesqueras de Puerto Madryn. Antes de la medianoche los obreros esperan pacientes en llamado para saber quienes sí y quienes no tienen trabajo al día siguiente en los sectores de congelado, fileteros, estibadores y marineros de altura. Entre publicidades comerciales, de inmobiliarias y cámaras empresarias y de profesionales de la alta sociedad, los jornaleros de la actividad pesquera esperan escuchar en la voz del locutor el destino de sus próximas 24 horas.

5 El mandatario de la ciudad salió hace un tiempo a gritar la necesidad de lo que él llama “una reparación histórica” para su municipio. Resulta que Puerto Madryn es solo una más de las localidades más habitadas de la provincia del Chubut que hace años tienen mal liquidadas las regalías petroleras. Puerto Madryn no tiene petróleo que sí tiene la región sur de la provincia. Lo que sí tiene Puerto Madryn es una millonaria publicidad turística sostenida por el gobierno provincial, que también le cubre un déficit también millonario para que gocen de un catamarán turístico todo el año; y en la década de 1970 el Estado argentino y grupos económicos privados acabaron con los cursos rápidos de la cordillera para hacer una represa hidroeléctrica que abasteciera de energía a Puerto Madryn. Desde la región del desastre ecológico en pleno bosques cordilleranos hasta la ciudad del golfo hay cerca de 700 kilómetros.

6 Puerto Madryn vende humo disfrazado de Medio Ambiente. La ciudad más importante del golfo usufructúa la fama que año tras año le da la llegada de la ballena franca austral y las bondades ecológicas de Península Valdés. Pero detrás de esa cortina, los deshechos que produce la actividad pesquera se quedan sin procesar y pudriéndose en las plantas, los buques en alta mar con la vista gorda y a veces comprada de los biólogos llevan adelante una sistemática depredación de los recursos, y las denuncias de algunos valientes marineros se esconden en las últimas páginas de los diarios, entre las gacetillas que envía el gobierno provincial sobre los planes de asistencia. Por si fuera poco, Aluar, la fábrica de aluminio más importante del país no sólo fue la real excusa para terminar con los cauces rápidos de la cordillera, sino que actualmente desde sus chimeneas emana veneno puro muy por encima de los índices tolerables. Cuando un ciudadano madrynense utilizó la “banca del vecino” en el Concejo Deliberante local para denunciar el caso, desde El Diario de la ciudad le mandaron a decir a su reportero: “Hacé como que nunca existió”.

lunes, 10 de marzo de 2014

Locura

En una carretilla pone en bolsas todo lo que sabe, todo lo que cree y todas las opiniones. Encima de esos sacos mal cerrados pone el bártulo más grande y más pesado, el que lleva todas sus fantasías y el resto de sus pensamientos. Levanta la carretilla y la inclina desde atrás, picándola levemente sobre su rueda en la parte delantera, y así se echa a andar. Sube cuestas empinadas, baja por estrechos tortuosos, hunde la carretilla en charcos y pantanos infranqueables y se empapa de agua y barro hasta las rodillas, se le hace una costra compacta y seca por el viento, que además lo tambolea lateralmente. Algunas veces, cansado, apoya la carretilla sobre sus patas traseras, reacomoda el equipaje y nota que algunas cosas fueron cambiando, otras se fueron mezclando y algunas se transformaron e incluso algunas que recordaba ahora se han caído. Aunque ninguno de los bultos se parece a lo que fueron en el origen y el propósito se haya desnaturalizado, recupera el aliento y sigue empujando. Al final --como todo-- se encuentra con la muerte, y sin darse cuenta en el expiro el equipaje ya era todo una sola cosa. Ni siquiera tenía nombre.

lunes, 3 de marzo de 2014

Ensayo sobre el aburrimiento

La última vez que me aburrí tenía nueve años. Lo recuerdo como una tarde fría de la Patagonia resguardado en el calor de una pieza en el fondo de mi casa, un espacio al que mi mamá llamaba “pieza de los juguetes”. Ahí, el sol de la siesta que se colaba por las persianas de madera dibujaba franjas diagonales oscuras y claras sobre una biblioteca polvorienta, y supongo que también las dibujaba sobre mí torso y cara mientras estaba sentado con la mirada perdida. Algo de verdad había en eso de la “pieza de los juguetes”: en ese reducto no sólo estaban mis soldaditos de plástico, jugadores de torta, ladrillitos y los tomos de la Enciclopedia Hispánica, sino que también había una escopeta de caza de mi papá con unos veinte cartuchos calibre 12 (recuerdo que el arma estaba doblada por la ranura de descarga y en el suelo mientras que los cartuchos estaban en la parte superior de la biblioteca). Chiches, armas y libros en el mismo espacio lúdico donde pasaba las horas, creando mundos ficticios pero la verdad nada demasiado fantasiosos. En suma, se podría decir que la elección entre convertirme en asesino serial y periodista bien pudo ser por azar.
Si tuviera que trazar una línea temporal imaginaria de mi vida elegiría ese instante como punto de partida. Ya para esos nueve años había aprendido una gran lección: cuando la compañía ajena no te colma una buena estrategia es empezar a buscar en el interior de uno mismo. Y en ese interior había una inquietud que con los años fui puliendo: las ganas de saber. Saber cosas, desorganizadas, politemáticas, “importantes”, universales y también de las particulares. Saber de todo y la lectura era el pasaje a esos mundos.
Entonces cuando quité un tomo de los catorce que componía la Enciclopedia Hispánica, las diagonales que colaban por las persianas se quebraron y además de cambiar la luz y la sombra también yo cambié algunos hábitos. Desde ese momento la lectura –algo que me generaba muchísima vergüenza—se hizo más o menos una rutina y encontré los primeros e invalorables momentos con uno mismo. Una suerte de hedonismo literario; algo muy difícil de explicar para quien no comparte la misma pasión.
Entre las tantas cosas que no comprendía en ese momento –la mayoría lo sigue siendo en la actualidad-- fui aprendiendo algunas mentiras del tipo “académicas”. “Política” es la ciencia que se encarga del estudio de la cosa pública; “Economía” la ciencia que administra recursos de diversa índole, ya sean naturales o financieros, etc.; “Argentina” un país rico en recursos naturales, con los índices socio-económicos más elevados del continente y por ello emparentado con Europa de donde recibió buena parte de su cultura y población.
Así, bien confundido y engañado, tuve un gran anhelo: pensé que con el saber se puede cambiar el mundo… desde Argentina. Estaba bastante jodido, pero felizmente entretenido. Ya no sólo que era imposible no tener planes para cada uno de los días sino que las 24 horas diarias por el resto de mi vida resultó muy poco tiempo.
Desde los nueve a doce años era un apóstol de la decencia: “Había que ser bueno para ser respetable”. También a los doce precisamente, fue el antecedente de la aparición en mi vida de la literatura de ficción. Primero releí Mi planta de naranja lima sentado en el suelo y apoyado en la puerta de la pieza, trabando con mi escuálido cuerpo para que nadie apareciera de improviso y me delatara de manera tan vergonzosa: con un tomo en mis manos y apoyado en el regazo ese librito de hojas amarillas y levemente ásperas y porosas.
Luego, en el verano siguiente en Necochea empecé a leer Moby Dick y si no lo terminé fue por una prima con la que nos enamoramos y con la cual una noche hicimos algo así como el amor, a nuestra manera, bien calientes, en secreto pero bien ruidosos. Después de eso, Moby Dick lo tuve que retomar el verano siguiente. De alguna manera iba aprendiendo ciertas cosas, más que nada del lívido y el erotismo. Ya había leído una novela regional –La profanación—e incluso una biografía del creador del radicalismo que vio cómo los federales ahorcaban a su padre en la plaza. Literatura, historia (sobre todo las guerras) y política eran los temas que más me inquietaban.
Desde los doce a los quince profundicé mi concepto ideológico: “Para ser bueno había que demostrar inocencia”. En ese fragmento, a los trece me volví a enamorar pero ya había desaprovechado e hipotecado lo poco que sabía de la relación con las chicas de mi edad: salvo un par de anécdotas también bien calientes como con mi prima lejana, en el amor y en el sexo no tuve suerte hasta los 17. Eso supongo que tuvo consecuencias en mi autoestima.
Ya para los quince algo se había cagado del todo: descubrí que en las cosas de la vida hay enemigos, que había radicales y peronistas, y que si los radicales y peronistas se unían era para joder a otro enemigo también conformado por radicales y peronistas. A pesar de ello, seguía inocente: pensaba que había que obrar bien, ofrecer la otra mejilla y predicarlo. Los buenos tenían que vencer.
Los 16 y hasta poco antes de cumplir los 18, cuando terminaba el colegio secundario, vivíamos en medio de un agudo momento político: el país se iba al carajo con los radicales y con mis compañeros de secundario nos animamos a hablar de política. Éramos en primera instancia moralistas.
En esos años el alcohol me abrió una puerta: me empecé a desinhibir. Con quince años me emborraché las primeras veces y entre los 16 y 17 ya lo hacía con alguna regularidad. Borracho era más gracioso, más irresponsable y fundamentalmente más temerario (ni que hablar con las chicas). Además, me ayudaba a forjar una suerte de personaje que iba puliendo con la práctica. Borracho generaba adhesión, y predicaba muy buenos, carismáticos y ocurrentes discursos. Precisamente, fui modelando un personaje que quien iba a decir que con sus más y sus menos proyectaría casi hasta la actualidad.  
Fue a los 17 cuando me fui a estudiar a Buenos Aires --y como tanto me había costado-- me fui hecho todo un novio. Amor a distancia, un célibe forzoso y lamentable. Pero si estaba alejado de mi novia, no lo quería estar del todo de mis cosas y de mi pueblo: en una caja de un televisor de 29 pulgadas cargué todas las camisetas de Racing, los pocos libros que llevaba leído, cuadernos con la historia de la Academia, mis primeros escritos y diminutos objetos que me recordaban Sarmiento: un jugador de torta, cientos de fotos y hasta un molusco petrificado que encontré en una excursión que hice por los campos cercanos al pueblo. De los campos fértiles me iba al imperio del asfalto y el concreto.
La mierda de querer predicar la moral se me habrá estirado hasta los 21, y el pensamiento político seguía por ese rumbo. Desde ahí comencé a pulir los pensamientos políticos: llevé el “decentismo” al extremo (participé de la escuela política de la dirigente que profetizaba un “contrato moral”) hasta que pegué mi primer afiche en una calle. El fin justificaba los medios, aunque fuera en una contravención bastante menor.
En esos fragmentos me volqué de lleno al periodismo autogestionado, a la fotografía y empecé a creer que Marx tenía plena razón en resumir la historia como una lucha entre opresores y oprimidos.
Me definí en el transcurso de diez años de muchas maneras a saber: progresista, centroizquierdista, socialista, zurdo, izquierdista, zurdo nuevamente y probablemente tenga nuevas etiquetas en los próximos diez años. Ya fuera por medio de la política –en mi casa tenía la propia escuela--, la literatura y ya de grande por medio de la fotografía, pensaba sumar criterios y esfuerzos para hacer un mundo mejor; misión que te puede tener entretenido para siempre y en la cual 24 horas por día son definitivamente insuficientes.   


sábado, 22 de febrero de 2014

Engrudo

En un balde con agua se agrega harina, sin volcar demasiado, siempre gradualmente y revolviendo para evitar que se formen grumos. El líquido lechoso tiene que resultar homogéneo, pero hay que tener en cuenta que cuando uno deje de revolver, mientras la fórmula no esté cocinada, la harina se irá depositando en el fondo del recipiente por lo que luego tendrá que repetirse la operación un segundo antes de producir la mezcla.
En una cacerola se pone agua a hervir, y en otro balde aparte se vuelca soda cáustica. Es importante que se revuelva una vez más el recipiente de harina y agua para que el líquido vuelva a quedar homogéneo. Luego, cuando el agua al fuego rompa en hervor se la vuelca en el balde con soda cáustica (esta operación se realiza al aire libre y evitando inhalar la nube tóxica que emana cuando el agua caliente se mezcla con la sustancia química).
Finalmente se mezclan los dos baldes que repetimos uno tiene agua y harina disuelta, y el otro agua hervida con soda cáustica. La función del segundo balde es cocinar el engrudo, y será de mejor calidad cuando sea un moco levemente viscoso.
La viscosidad hará que los afiches se peguen mejor en cualquier superficie, incluso en paredes o postes de maderas muy porosas.

Es necesario esparcir el engrudo con algún tipo de cepillo o brocha de pintor, y se recomienda utilizar guantes de látex o goma porque muchas veces la piel resulta alérgica o incluso la soda cáustica puede causar quemaduras si se expone directamente.      

sábado, 28 de diciembre de 2013

De los cuentos infinitos

Parece ser que la inventiva de nuestro tradicional “Cuento de la buena pipa” ha traspasado fronteras (no sé si primero de estas hacia aquellas o de las más septentrionales a las más australes) con el mismo cometido de agotar la paciencia. Es así que mientras en mi pueblo lo conocimos como “Cuento de la buena pipa” en Macondo lo llamaran “Cuento del gallo capón”.
No voy a ser yo quien cuente a propios y extraños la lógica de esos cuentos infinitos que en esencia –como también ocurre con la música del “Felíz cumpleaños” y del “payaso plin plin”—son un mismo cuento. Eso se lo vamos a dejar luego a Gabriel García Márquez.
Pero en lo que sí me voy a detener es en eso de recurrir a cuentos inagotables. En Cien años de soledad acudieron al “Cuento del gallo capón” como método para vencer a la enfermedad del insomnio, luego de que los Buendía empezaron a temer a la otra enfermedad que traía aparejada: la pérdida de la memoria.
En el residencial Los Lagos, hace muchos años cuando no era más que un hotel familiar, de viajantes consuetudinarios y almuerzo y cenas compartidas entre tíos, primos y huéspedes alrededor de una cacerola central en la que se convidaba mucho más que un cucharón de puchero, había una mujer paisana que por las mañanas era la encargada de limpiar sábanas, inodoros y el mobiliario de las veinte habitaciones que tenía el residencial (incluyendo la habitación 104 que era la pieza donde dormía mi abuela junto a sus michos).
Para mí la Ignacia no era por ese entonces más que una silueta traslúcida por delante de los ventanales de alguna de las habitaciones del ala que daba hacia el oeste. La paisana remontaba con un zarandeo las sabanas y otros productos de blanco que volaban y planeaban pasiblemente hasta dar geométricamente en los rectángulos del catre. Tan intensa y entrenada era esa danza de la Ignacia que en una sola de esas volteretas que daba el paño de algodón almidonado se desprendía de ácaros y otros viejos polvos. Era un arte.
Pero ese arte no era susceptible de muchas interrupciones ni bromas. Cuando cualquiera de los primos invadíamos la extensa galería de las veinte habitaciones, cuando desde las 10 a las 13 era de su plena soberanía, la Ignacia recurría a la “Cuento de la buena pipa”.
Y no había caso: tan diestra era la paisana en la complejidad del asunto que por sostenido litigio le presentáramos nos vencía por un delirio de agotamiento. De algún modo le teníamos miedo.
La lógica del cuento infinito, Gabo la narra así:

“Los que querían dormir, no por cansancio sino por nostalgia de los sueños, recurrieron a toda clase de métodos agotadores. Se reunían a conversar sin tregua, a repetirse durante horas y horas los mismos chistes, a complicar hasta los límites de la exasperación el cuento del gallo capón, que era un juego infinito en el que el narrador preguntaba si querían que les contara el cuento del gallo capón, y cuando contestaban que sí, el narrador decía que no había pedido que dijeran que sí, sino que si querían que les contara el cuento del gallo capón, y cuando contestaban que no, el narrador decía que no les había pedido que dijeran que no, sino que si querían que les contara el cuento del gallo capón, y cuando se quedaban callados el narrador decía que no les había pedido que se quedaran callados, sino que si querían que les contara el cuento del gallo capón, y nadie podía irse, porque el narrador decía que no les había pedido que se fueran, sino que si querían que les contara el cuento del gallo capón, y así sucesivamente, en un círculo vicioso que se prolongaba por noches enteras”. 1

Era la paisana Ignacia algo así como un miembro más de la mitología del terror del hotel de la abuela, una de las tres deidades que completaban la cocinera doña Petra, una india mapuche que vivió más de 90 años sin esconderse de ningún invierno y de ninguna helada, y La Serena, otra vieja clueca, de pantorrillas gordas y calzas marrones con los puntos corridos, pollera negra, pelo cano y sin comentario de ninguna índole.
En suma, lo único cierto es que entre los métodos y el arte de la Ignacia, el secreto de la paisana y la enfermedad del insomnio, al igual que esos cuentos de nunca acabar, ahora empiezo a sospechar que en el fondo eran algo así como una misma cosa.

______
1 García Márquez, Gabriel, Cien años de soledad, Editorial Sudamericana, 1982, página 47

   

martes, 19 de marzo de 2013

Fin del Estío



Reencontrarse con uno mismo, esa idea recurrente. Me desprecio cuando empiezo a escribir sin humor, pero acá estamos.
Este maldito espacio que pretendió ser un modesto tributo a Gabo empieza a ser un idiota diario personal. Lo absurdo es que ya otras veces sentí esto mismo. Irremediablemente quiero llamar la atención.
El panorama no es bueno: muchas horas de trabajo, presiones infundadas, desgaste, desmotivaciones profesionales y la sensación de que uno está engañado y solo.
Ahí parece que voy descubriendo el problema. Fue en ese momento que me traicioné, llevado por una fiebre que creía haber olvidado y despreciado.
Y ahora, en este momento breve; con el golfo que se abre y parece infinito, una cámara de fotos, esta libreta y Carver esperándome, casi como sus personajes. El verano ya se empezó a ir y como siepre lo va siendo de viejo.

domingo, 17 de febrero de 2013

De las tristezas mal curadas


Seguramente mi abuela materna habría tenido esta misma hipótesis: lo más difícil de ocultar y sanar son las tristezas mal curadas.
Pésima medicina esa de creer que con una poción de esto y aquello puede sanar ese remordimiento compasivo –a veces maliciosamente autocompaisvo—de que todo huele a fruta disecada. Pues es lo inerte que nos desahucia y nos deja apesadumbrados porque a pesar de que el cuerpo se mueva presuroso y hacia muchos lados fue la vida cuando se nos quedó en esa misma baldosa, esperando quizás que nos vuelvan a buscar.
Ningún catarro podrá disimular ese cuerpo de aspecto carbonizado que aunque le pongan tres o cuatro accesorios suntuosos para disimular sigue siendo preso de un mal de amores, de traiciones, de rencores o de algún olvido.
Pretencioso de hallar la cura, di con un brujo involuntario que a quien bien se lo sabe pedir, entregó el secreto del remedio indicado: la única forma de sanar una tristeza mal curada es atrapando una mariposa blanca revoloteando en el aire. Fue el delicado remedio que este brujo, sabedor de su contrapartida, sólo confiesa a quien sabe que tiene ojos para mirar lo que de verdad importa. Mientras tanto él, a forma de chivo expiatorio, va cargando con todas las tristezas de quienes se pudieron curar.   

miércoles, 13 de febrero de 2013

Secreto



Desde que digo ser lo que no soy me siento absolutamente más seguro. Empiezo a escribir con el corazón demasiado involucrado en estas líneas. Confieso que me siento profundamente insatisfecho y eso ha concluido en el cuadro peor: me encuentro agudamente infeliz.
De tanto huir hacia adelante, me desperté en un desierto saturado, los médanos reacomodándose y, equidistantes de mí, decenas de oasis inalcanzables: pretendo moverme y mis pies –enterrados—no responden.
No es un sueño, ni una alegoría. Es un estado mental producto de sólo dos o tres tristezas mal curadas que hoy, se proponen estallar simultáneamente. Me refriego los ojos; pero la nube de luz no calma. Es una luz interior que encandila. Por fuera, todo parece estar igual. Había alguien maligno también, o quizás simplemente era yo mismo, que me decía “no hay salida”. Y fue casi seguido que entendí que el desierto era la verdadera salida, y de una vez  los pies se echaron a andar.

jueves, 24 de enero de 2013

La fruta del diablo conquista el golfo Pérsico

La presidenta de la Nación, Cristina Fernández, se propuso conquistar el Golfo Pérsico y para ello no necesitó de aviones ni portaviones que la Argentina directamente no posee, ni armas atómicas, ni biológicas, ni químicas tácticas que nuestro pacífico país (uno de los pocos que gasta menos del 6 por ciento en militares y sus pesadillas) sabiamente tampoco posee. La presidenta, primero con sus funcionarios de línea de vanguardia, y luego personalmente con estreno de nuevo look y todo, se apoyó en un arma demoledora: la mismísima fruta del diablo, que estratégicamente cultivamos por esta parte del mundo.
Cuando éramos chicos, con mi hermano y un ejército de primos estábamos convencidos que la fruta del diablo era un fruto diminuto, de color rojo transparente que nacía de una mata que teníamos en el baldío, mucho más pequeña que el calafate y la rosa mosqueta que también se encuentra por la Patagonia. Fue un buen primo quien me advirtió que no me atreviera a comer ni uno, ya que si masticaba la pulpa podían pasarme dos cosas: o que el culo se me cerrara para siempre o que nunca más participara de la cofradía que hacíamos alrededor de esa mata en el fondo del baldío, donde cada tanto se hallaban sospechosos frascos de vidrio marrones con goteros, y donde conversábamos sobre el último 25 disputado. Claramente, como en ese momento no sabía qué consecuencias podía contraer lo de que se te cierre el culo para siempre, me aterró que me excluyeran de ese momento fraternal de pueblo y de la infancia.
Pero pasaron muchos años hasta que finalmente entendimos que el famoso fruto del diablo no era ni la manzana, mucho menos el plátano, y ni siquiera ese fruto rojo que hasta el ganado extensivo se rehusa a comer y del cual no conocemos ni el nombre. El fruto del diablo, es sin dudas la cereza patagónica (bien nacida de un árbol frutal y no una mata) con la que nuestra mandataria se propuso ni más ni menos que obtener la capitulación de las bien nutridas defensas persas.
Tras una delicada y riesgosa operación donde el mismísimo Khalifa bin Zayed al Nahayan, jefe de Estado de los Emiratos Árabes Unidos y mandamás del palacio Al Mushrif, terminó siendo conquistado por el poderoso fruto que envió el mismo Satanás, que en esta cuestión no es neutral y juega para los patagónicos, y según especulan algunos de los adelantados, el kalifa tendría las pupilas tan dilatadas que de ahora en más ningún banquete de la región (y si hay algo de lo cual saben bien los árabes es de banquetes y mujeres), podrá carecer de cerezas patagónicas. Efectividad cien por cien, llaman los amantes de las estadísticas.
El primer envío de 12 toneladas de cerezas fue rápidamente aceptado, y ahora se habilitó el ingreso de nuestro caballo de Troya: para los 4 millones y medio de habitantes que viven en la federación de los siete emiratos, se multiplicó por 30 el embarque de cerezas con una compra en total de 400 toneladas más del fruto de estación. Todo condimentado con la reciente visita de nuestra presidenta, claro (si hay algo que saben los persas…). La ciudad de Abu Dhabi, una de las más onerosas del mundo contemporáneo, mientras su kalifa se ausenta por largos ratos de los jardines de su residencia exótica y sofisticada sin mayores excusas que cuidar su investidura por las consecuencias de la cereza, se rinde al diabólico cultivo.

domingo, 6 de enero de 2013

“El número nacional” y el espíritu provinciano



No hay momento más esperado en el calendario de los pueblos del interior (pueblos y ciudades digo, que en el fondo siempre siguen siendo puro pueblo) que el día en que por fin se da la llegada de “El número nacional”. Porque “El número nacional” es quizás la demostración más acabada del espíritu provinciano y eso es motivo de jolgorio.
Y no es por desvalorizar a los talentos locales pero la llegada del tan esperado “El número nacional” es la comprobación fáctica de que el lugar de uno no sólo que está en algún lugar del mundo sino que además está en una nación. Pues con “El número nacional” uno se percata por fin de que no está en una novela de terror cuyo protagonista central es El ventarrón, y uno, si apenas, de reparto.
Si la farra es (nomás por dar un ejemplo) en febrero, ya a finales de septiembre (más tardar principios de octubre), hay una buena muchacha que es la primera en preguntarse quién será “El número nacional” del año entrante. Y como matar el tiempo es mejor si uno lo hace matándose de risa, a las sospechas del próximo “El número nacional” se le agrega la maldita “carne podrida” que los periodistas tan bien conocemos. Y alguno dice que viene Charly, otro que viene el Indio, o que viene León y uno no se la cree nada. Pero no cree nada hasta que aparece uno que tiene fama de chusma y te dice algo así como que “El número nacional” del año entrante es el chaqueño, y para muchos de nosotros comienza la depresión.
Pues si bien ser “El número nacional” ya es un reconocimiento de dudoso prestigio, a veces tampoco genera un efecto entusiasmante. Pasa que el chaqueño seguramente ya se lo vio, y se puede decir que a pesar de que llevaba una ridícula espuma en la cabeza, todos comprobamos que “El número nacional” de ese año era absolutamente de carne y hueso, casi como es uno.
Muchos son los lugareños que posarían por una foto con “El número nacional”, otros soñarían con ser como él. Y por supuesto, “El número nacional” tiene espuma en la cabeza cosa que lo hace fácil de distinguir entre el resto de los comunes, normales, corrientes, simples y gentiles pueblerinos. Lo más curioso de “El número nacional” es que a fin de cuentas no se trata de un número sino de un simple mortal que de manera absurda tiene espuma en la cabeza, y por lo general los pueblerinos si hay algo que no tenemos es espuma en la cabeza y eso, en definitiva, comprueba que somos muy distintos.
En algún lugar, “El número nacional” pasa a ser noticia, y los comentarios son de colección. Acá se los dejo: