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miércoles, 23 de julio de 2014

Vernissage

Y se comprenderá que retome desde otro ángulo la tilinguería golfina. Impostura de seres bohemios en paisaje austral, de Cabernet Sauvignon con dejos residuales a grasa de cetáceos (de mayor espesor, pero de mucha mejor prensa) o de Malbec con dejos de alga undaria.
Seres de sutil rush y mezquina esencia que, entre los de barba recortada a un centímetro de diámetro y perfumes de tres cifras no se cansan, de hacer, de reproducir, la mierda de su mundo. Un mundo que hoy, 22 de julio de 2014, sigue estallando en Gaza, no termina en Bagdad pero que también contiene su azufre en New York, Buenos Aires, Kuala Lumpur y sí, también en Puerto Madryn, en sus vocaciones de hotel pirén, marketing para todo, vernissage y retratos juntos al banner.

domingo, 20 de julio de 2014

Crudo

En Cristobal López City las personas trabajan en la Cristobal López Oil, se alimentan de la Cristobal López Food, se informan con el Cristobal López Newspaper, escuchan la Cristobal López Radio y luego se dedican a ser Cristobal López happy: pasean por el Cristobal López Shoping, por la Cristobal López avenue, y ovacionan al Cristobal López Basketball team en el Cristobal López Arena; compran sus vehículos en la Cristobal López concessionaire y rifan su suerte en el Cristobal López Casino.


Tengo un ritual, que en realidad es como una ironía. Cada vez que paso por lo que alguna vez fue Pirulín pirulero, esa tentadora juguetería de paredes azules que quedaba en la avenida San Martín, esa que despertaba los peores berrinches de pibe consentido, me hago la señal de la cruz y murmuro un “qué pecado”.
Lo que alguna vez fue Pirulín pirulero hoy es un local de una red de comercios de todo el país que vende electrodomésticos y otros juguetes caros (pero estos chiches son más suntuosos y preferentemente para adultos). La trágica melancolía no termina aquí: lo que alguna vez fue una cálida confitería, de aires urbanos, con nombre francés, hoy también es la locación de otra red nacional de venta de electrodomésticos, competidora de la que queda en lo que fue la inolvidable juguetería. Y por si fuera insuficiente, pasemos ahora a la farsa: uno de los edificios más antiguos de la centenaria ciudad, que dista frente al viejo Correo y Telégrafos, hoy es la sede de una cadena de comercios que vende (no podía ser de otra manera) electrodomésticos. Las marquesinas y luminarias comerciales tapan, como los adoquines la arena de playa, los ladrillos y el casco urbano e histórico de la ciudad.
Estamos en Comodoro Rivadavia, la simbólica ciudad petrolera, el centro inmobiliario más caro del país sólo superado por el barrio Puerto Madero en Buenos Aires; o la capital del crimen según un diario nacional, la urbe de los “petrolines”, según descubrieron algunos antropólogos, y el ejemplo del mal desarrollo para una socióloga. Pero aquí --maestro Gabo-- hay hojarasca de verdad, camuflada de otra cosa: ni gente, ni hojas, ni desechos; podredumbre de papeles con marcas de agua traslúcidos. Acá, casi todo tiene precio; o por lo menos así lo parece.
*
Para la socióloga Maristella Svampa, Comodoro Rivadavia es el ejemplo del “mal desarrollo”[1], es decir de cómo el crecimiento económico puede terminar no sólo por ser contraproducente, sino desembocar en situaciones que van desde lo absurdo hasta la tragedia. Todos los índices de calidad de vida parecen darle la razón.
Para la investigadora, el tipo de sociedad extractiva genera una variante de “pueblo-campamento” que no es exclusiva de Comodoro Rivadavia pero que sí lleva aquí, en esta ciudad patagónica, todas sus características al extremo. El tipo de economía extractiva genera por un lado una sociedad fuertemente desigualitaria, con poblaciones que en un gran porcentaje eligen la ciudad como destino “provisorio”, “estacionario” y sobreviven en un contexto de “desarraigo”. La idea es juntarla rápido, fácil y marcharse; aunque ninguno de esos tres pasos –a priori simples-- son tan sencillos ni están al alcance de todos.
Esas características traen aparejadas otras aún más oscuras: es un caldo de cultivo para la prostitución, la trata de personas, la violencia; se suma, además, la morfología de una ciudad que creció espacialmente al punto que engulló viejos y aledaños campamentos petroleros: entonces no sólo se configura una sociedad desigual, con flagelos violentos sino que también convive con pasivos ambientales a la vuelta de la esquina. Le decía Gabo, acá la hojarasca es completa.
*
Los medios de comunicación se hicieron especialistas en narrar –fríamente, sin literatura y sin mayor análisis pero a veces con una fuerte carga discriminatoria (y sobre todo su variante xenófoba)—los hechos policiales. En 2010 se cometieron 36 homicidios, y la media anual no pareció bajar desde ahí a menos de veintitanto: 26 en el 2011; 35 en el 2012; 26 en el 2013; y hasta abril del 2014 ya se habían contabilizado 10 asesinatos. Este registro de hechos luctuosos llevó al diario La Nación a cambiarle los pergaminos a la ciudad: de la pretensiosa capital del petróleo a la capital del crimen[2] (en una ciudad que sólo tiene 174 mil habitantes).
Se instalan cámaras de seguridad, se compran patrulleros, se suman efectivos policiales y se les paga mejor a los agentes; pero el resultado es el crimen. Dos terceras partes de esos crímenes se da entre personas que se conocen previamente; es decir: se “desconocen” al punto de matarse o se odian tan apasionadamente que pueden llegar a quitarse la vida. La política no lo resuelve y tampoco lo puede interpretar: después de todo Comodoro Rivadavia tiene un índice menor al 5 por ciento de desocupación, un gran porcentaje de la población goza de los salarios más altos del país; sin embargo la violencia no cesa. Explicaba un médico del servicio de Emergencias del Hospital Regional a este cronista: “Llegan dos o tres heridos por hora a la guardia. Algunos graves, con heridas de bala o cuchillo, y otros un poco más leves que no salen en las estadísticas”.
En suma, Comodoro Rivadavia triplica el promedio nacional de homicidios: 14 asesinatos anuales cada 100 mil habitantes (índice mundial de medición del crimen). La explicación tiene la figura de una fractura; pero la clase política vive dentro de ella entonces no puede distinguir ni sus márgenes, ni su ancho, ni su profundidad.
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Esa fractura no sólo es una brecha por el acceso a la riqueza, a la calidad de vida y a los servicios básicos; sino también al prestigio social, que en esta ciudad patagónica no tiene nada que ver con el salario, ni con el goce de los artificios electrónicos; pero sí, con la apariencia en los modos de consumo. Los antropólogos Alejandro Grimson y Brígida Baeza estudiaron el caso Comodoro y su conclusión es categórica: los trabajadores petroleros, quienes marcan el ritmo de la actividad económica de la ciudad, no gozan de prestigio social e incluso son discriminados; vulgarmente se los denomina “petrolines”[3].
“Los petroleros son objeto de cuestionamiento permanente, de burla acerca de su estilo de vida, de sus consumos, de su modo de hablar y su (in) cultura”, analizan en el trabajo científico los autores.
*
Sin embargo, lo que estos antropólogos no destacan es que esta percepción de los trabajadores del crudo es bastante reciente; y tiene un trazo histórico a partir de las graduales privatizaciones de la actividad petrolera.  En sus primeros años, la ciudad era un mero puerto (por no decir mero muelle) para sacar la producción agrícola regional. Pero a falta de agua, se trajo una potente excavadora para escarbar hasta los manantiales subterráneos: algunos sospechan que el ingeniero de tamaña misión ya intuía que más que agua lo que había en las entrañas era oro negro, era crudo.
Tiempo después, ya con el petrolero y luego con la empresa estatal YPF, trabajador y vida eran una suerte de mancomunión indisoluble; pero que tras la fiebre del consumo quedó tapada, como los ladrillos por las marquesinas, hasta la poesía regional del Gato Ossés:
“Petrolero que va / trasnochando en el sur / hay dos cielos que andar: / uno negro – otro azul / petrolero que va / pozo a pozo el andar / mide tanque y jornal / el petróleo y el pan”, dice su canción.
Hoy solo se anda por lo negro: el crudo, el crimen y el mal desarrollo: porque amigo Gabo, no es sólo hojarasca lo que queda por aquí.





[1] Svampa, Maristella, “Comodoro Rivadavia, un modelo de maldesarrollo”, http://www.miningpress.com.ar/debate/253087/segun-anti-svampa-comodoro-es-modelo-del-maldesarrollo

[2]Carabajal, Gustavo, “Comodoro Rivadavia, la capital del crimen, La Nación, http://www.lanacion.com.ar/1501027-comodoro-rivadavia-capital-del-crimen

[3] “Estigma petrolero…”, Patagónico, http://www.elpatagonico.net/nota/182833/


sábado, 19 de julio de 2014

Enésimo desvelo

Lo dije a gritos. De todas maneras y a todos los que me interesan. Es cierto que no fueron --tal vez-- las palabras más justas, más precisas, pero fueron las más honestas. También es cierto que no fueron en el momento más oportuno y con más equilibrio, sino simplemente cuando más lo necesitaba. Lo he dicho a gritos, pero de esos gritos que parecen no levantar la voz, sino que atacan-reclaman. Lo he hecho por desesperación, por enojo, por defecto, por tristeza, por amor, por mi mismo; pero también lo he hecho por los otros, aunque no lo adviertan.
*
La angustia me genera un dolor en el pecho, ese dolor no me deja pensar en otra cosa. Las piernas se impacientan como exigiéndome correr, pero correr no puedo. Quiero que algo urgente me calme y no encuentro ni quién, ni cómo. Tan solo y tan lejos, tan nada; sin fuga.
Me desespera ya no poder salir, ya no poder volver. Me desespera el silencio, forzado, cuando lo grité tanto.
*
¿Y si tuviera que recurrir a todo aquello que creí prescindible? Prescindible sin conocerlo. De algún modo tiene que volver el apetito a las cosas básicas: al sexo, a la literatura, a la fotografía, a la soledad. Es eso, en fin: inapetente soy un muerto.
Hoy la crucé a Carolina. Un encuentro fugaz y casual; dos caminantes perpendiculares que acertaron desafortunadamente en tiempo y espacio. Ella me advirtió primero y me miró; cuando yo la vi me dijo un hola con la dosis más precaria de cortesía y torció su mirada hacia el frente, siguiendo su rumbo. Me paré en la esquina cuando hasta ese momento no había podido decir nada. La llamé, dos veces y en la segunda ocasión giró a unos quince metros míos y sólo me hizo un gesto que me es casi imposible reproducir: con su mano derecha alzada dibujó un "mejor no" o quizás en realidad fue un "basta".
Mañana es feriado. No me gustan los feriados porque replican más profundo mi vacío. Me vuelvo al pueblo; así no puedo seguir. 
*
Empapado por el sudor y atentado por la angustia que se delata en el estómago. Tieso me descubro en posición que llaman fetal. Desesperación creciente. Rápido busco un refugio mental, un sueño plausible y mi mente --ya viene siendo costumbre-- falla. Hay huecos, oscuros, como de profundidad. Me asomo y no veo nada. Pienso en arrojarme, en planear, dar giros concéntricos y fundirse en ese abismo.
Es pánico a la soledad, a mi soledad no compartida, sin compartimentos. La literatura me hiere, el cine me hiere, la música me hiere y los recuerdos me hieren.
El amor es la sumatoria de todos los miedos. Hago cosas que parecen absurdas; o no, no lo sé del todo. Actúo por instinto, a veces, muchas, por desesperación. El tiempo, lento, plomizo, triste, lo goza. Y decía que la sumatoria de todos los miedos, de todos los tiempos, eso es el amor; no otra cosa.


domingo, 29 de junio de 2014

Memoria

El bombero de guardia administra el sueño y la memoria trágica de la ciudad. En la tercera madrugada del nuevo invierno el botón de la sirena de viento es pulsado durante 34 segundos y propaga su sonido durante al menos un minuto diez/quince segundos.
El perro de mi vecino, a partir del sexto segundo de la sirena, imita el sonido y aulla parejo y constante irguiendo el cuello, oblicuamente, hacia el cielo gélido y estrellado.
El ciudadano de la cuarta cuadra abre los ojos ladeado hacia la izquierda de la cabecera de la cama matrimonial. Observa el despertador, rememora, se cuestiona, se duele y vuelve a tratar de conciliar el sueño.
La empleada de panadería camina hacia su trabajo apurada cortando el frío por el medio de la calle. En un primer instante no lo medita, escucha y ya; pero algo la zamarrea y la obliga. No lamenta, no suspira y mucho menos llora; pero lo piensa.
Pero decía antes del administrador del sueño y de la memoria trágica, quien se afana en voltear hacia los dolores, hacia esa maldita carga que pesa sobre esta ciudad que hoy, tres días después de la noche más larga parece congelada. El perro aulla y las personas se despiertan, rememoran, tragan saliva y vuelven a dormir. El perro deja de aullar. Y el peso sigue.

jueves, 26 de junio de 2014

Facón Grande

Sabemos de Facón Grande que el día que lo fusilaron tuvieron que darle dos cargas consecutivas disparadas de cuatro fusiles; que los ocho disparos ni siquiera lo voltearon hasta que no expiró, que se murió girando sobre sí mismo, y que antes de la muerte a traición les aseguró a los milicos, mirándolos a los ojos, que “así no se mataba un criollo”.
Sabemos que Facón Grande tenía ascendente por sobre la peonada, que no era ni patrón ni líder, sino un hombre cierto, de hablar claro para los paisanos y que no sabía de ideologías ni revoluciones, pero intuitivamente sabía lo que estaba bien y lo que estaba mal.
Sabemos que Facón Grande no era un asceta, pero tampoco era un borracho; que no era violento pero que tampoco le quitaba el cuerpo a las rencillas y le cantaba las cuarenta a sus compañeros o a sus patrones de acento inglés.

Sabemos que le decían Facón Grande, que una larga daga con funda de plata llevaba cruzado al cinto, por detrás de la cintura. Sabemos que su alias generaba todo tipo de leyendas, pero que nunca despellejó a nadie. Sabemos que el coronel Varela lo sentenció sin siquiera poder vocalizarlo, que alzó cuatro dedos de su mano indicando a sus subalternos los cuatro balazos contra un hombre indefenso y maniatado. Sabemos que Facón Grande no murió ni arrodillado ni volteado, que a los criollos como Facón Grande ni siquiera se los mata con cuatro balazos traicioneros.  

martes, 24 de junio de 2014

Carta al invierno

Invierno hagamos un trato. Simulemos que nunca nos repudiamos y que nunca contamos los días tachando almanaques, esperándonos como verdugos que uno de los dos por fin se vaya.
Invierno tengamos un plan. Coincidamos por las mañanas y extrañémonos por las noches. La tarde se la dejaremos a esas cosas intemporales que no tienen estación sino que son puro tránsito que son puro irse.
Invierno provoquemos un fuego. Un fuego curador, que seque entibie y que queme. Un fuego que te disfrace y me disfrace. Un fuego que por fin, cuando va pasando el tiempo nos abrace, que nos abrase. 


jueves, 19 de septiembre de 2013

Cementerio de barcos

Los barcos parecieran estar depositados así sin más, sin ninguna lógica, sin ningún sentido. Más o menos torcidos no sólo exponen su deterioro y capitulación: oxidados, rajados por debajo y por encima de su línea vital, con cuerdas como tripas, amontonadas y penetrando por los intersticios. Desangrados.
Algunos parecen mayores y no sólo por su tamaño: las cubiertas repletas de sistemas, guinches, rond
anas.
En uno se delata otro alfabeto, de otro hemisferio pero sucumbido en estas latitudes.
Las piedras empujadas por la marea van cubriendo minuciosamente los fierros mientras simultáneamente se pican por la sal. Mallas de tela cuelgan por la popa del "María Dolores", las gaviotas se posan en los mástiles y una paloma se cuela por la ventana rota del puente del "Santa Clara". Desguazados pacientemente por el mar
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domingo, 8 de septiembre de 2013

El río Senguer y el Eternauta

No fue casual la elección del guionista Héctor Oesteheld cuando en Eternauta ubicó una zona de seguridad a lo largo de la franja del río Senguer. En su obra más citada, esa donde un grupo de cinco argentinos enfrentan a una invasión extraterrestre en la que entre otros desafíos tienen que sortear una nevada extraña y mortal con trajes impermeables, los resistentes no tienen muchas opciones: o creer en las recomendaciones del exterior que captan por un transmisor de radio, o rechazar cualquier contacto con otros seres humanos en un momento catastrófico donde impera la ley de la selva y sino la ley del invasor (un ser superior con armas desconocidas y traumáticas).
Eternauta es una historieta pretensiosamente premonitoria para los intelectuales nacionalistas de la década del 50. En el mundo de la Guerra Fría y las dificultades de la Tercera Posición, hay que unir al pueblo para enfrentar al imperialismo, la invasión foránea.
El primer ataque fue una suerte de nevada radioactiva que apenas hacía contacto con las personas las liquidaba.
Aunque en el desenlace la zona de seguridad vacila entre una suerte de trampa y un artilugio invasor, Oesterheld imaginó que una buena zona de seguridad en la Patagonia, replicando lo que pasaba en otras partes del país y del continente, era el curso del Senguer. Este río que nace en la cordillera y concluye en los lagos Musters y Colhue Huapi tiene una serie de ventajas geográficas aprovechables para los sureños que si bien están bien acostumbrados a las nevadas, no eran muy duchos en esto de invasiones imperialistas en los años 50.
El Senguer recorre de oeste a este el centro geográfico de la región austral. En sus orillas se desarrolla una ancha franja de terrenos fértiles, arbolados y aptos para las actividades humanas. La posición equidistante entre los dos extremos de la Patagonia fue tal vez un aspecto central para un Oesteheld que además de un intelectual comprometido era un vasto conocedor de la geografía nacional. El Senguer podía conectar, además, fácilmente a los habitantes cordilleranos, los del litoral atlántico y por supuesto los del área central.

Desde el alto río Senguer, con su afluente lago La Plata, hasta la ciudad de Sarmiento con sus dos lagos hay una extensión de casi 350 kilómetros que niegan la fama desértica del territorio patagónico. Oesteheld también escribía para alertarnos, y en buena hora podemos recordar este pasaje del Eternauta que se ha mantenido desconocido a muchos de los propios patagónicos.    


domingo, 1 de septiembre de 2013

Epifanía en 88 palabras

De todas formas siempre resultará peor para ellos. Cuando más nos maten, más nos fusilen, más nos torturen, más nos quieran desaparecer más fuerte será el contraste, peor resultarán sus performances, más hondas serán las diferencias, más visibles serán sus miedos, más estériles serán sus odios, más precarios serán sus pergaminos y nosotros más reviviremos mientras más muertos estarán ellos. El funebrero que eligieron ser es un pobre, el más pobre de los pobrecitos, que cava su propia tumba sin poder nunca dejar de ser un pobre pobre.

lunes, 19 de agosto de 2013

El-lal, el dios engañado

El-lal es el héroe superior en la creencia de los Tehuelches. Las dificultades de conservación propias de la tradición oral de esta cultura no permiten reunir en un todo univoco y coherente su historia; sin embargo, los ancianos coincidieron en rescatar varios elementos que se conservan hasta hoy: su procedencia de una isla mítica ubicada hacia el oriente, que El-lal sobrevivió al afán de su padre Nosjthej por devorarlo, que fue amigo de un cisne que lo trajo hasta estas tierras y haber sido no sólo quien creó a los hombres Tehuelches, sino que fue quien brindó los elementos necesarios para vivir en la Patagonia. El-lal finalmente se alejaría de su propia creación tras ser engañado por el Sol y la Luna, quienes temerosos de él no querían que se case con la hija de los astros.
De los relatos originarios se desprende que El-lal no era un dios único, sino el dios propio de los Tehuelches. Nació en una isla creada de un suspiro por Kóoch, otro dios creador de una isla de gigantes, ubicada hacia el oriente de la Patagonia. Antes de nacer El-lal, uno de esos gigantes y padre de él (Nosjthej) abrió el vientre de la mujer-rata (su madre) para devorarlo, pero Ter-Wer, su abuela ratón, lo refugió en una cueva salvándole la vida.
Los relatos son contradictorios sobre varios pasajes de su historia. Una de las historias relatadas sostiene que antes de marcharse de la isla nativa, cuando El-lal ya era lo suficientemente fuerte, se enfrentó ferozmente a su propio padre a quien dio muerte liberando así a las especies que habitaban su tierra original. Sin embargo, otros ancianos manifestaron que fue la propia Ter-Wer quien convocó al cisne (Kóokne) quien lo llevó, escoltada por bandadas de aves y otros animales acuáticos hasta la Patagonia siendo en ese momento todavía un niño.
En esta tierra desamparada, hasta ese entonces sólo conformada de hielo y nieve, el cisne refugió a El-lal en la cima del cerro Chaltén y tomó, recién ya en esta tierra, solo tres días para crecer y ser lo suficientemente fuerte. Al cuarto día, El-lal bajó por la ladera y se enfrentó a la unión del frío (Kókeshke) y la nieve (Shie), y los derrotó tomando dos rocas del suelo, golpeándolas entre sí e inventado uno de los elementos que legaría a los Tehuelches: el fuego.
Al descubrir la soledad de esta tierra, El-lal creó de una bandada de cisnes a los hombres nativos a quien les enseñó a cazar otras especies de animales que también poblaron la Patagonia cuando siguieron al cisne que traía a El-lal de la isla de Kóoch.
El explorador Ramón Lista también tuvo de primera mano el relato de un anciano quien le contó esta historia. Según escribió en su libro Los indios tehuelches, una raza que desaparece, El-lal purgó esta tierra de otras fieras mayores, enseñó a los indios el secreto del fuego, enseñó la fabricación de armas como el arco y la flecha, y enseñó cómo cazar animales para alimentarse y abrigarse.
Satisfecho de su obra, El-lal deambuló por esta vasta tierra sin mayor propósito hasta que luego de vencer al gigiante Goshg-e (otro ser fantástico) se enamoró de la hija del sol y de la luna. Los dos astros, temerosos del poder de El-lal, no se opusieron al casamiento. Ramón Lista describe este momento:

“El-lal vuelve a ser omnipotente: solicita en matrimonio a la hija del sol y de la luna; pero éstos, no atreviéndose a rechazar abiertamente la alianza, se valen de un subterfugio para no acceder a la demanda: una sierva joven toma el vestido y el nombre de aquélla; los emisarios de El-lal la reciben y conducen al lado del Héroe, quien luego nomás descubre el engaño: su voz entonces truena contra el sol, y su arco le amenaza con las flechas más agudas…”[1]

El engaño demuestra su naturaleza: el dios de los Tehuelches no es perfecto, ni omnisciente y ni siquiera omnipotente como nos cuenta Lista. En todo caso, fue su aguerrida voluntad la que hizo vencer tanto a su padre y al gigante Goshg-e, y también le dio la facultad de poder crear al hombre y enseñarle generosamente los elementos esenciales para la vida.
Lista también nos cuenta su final en la tierra austral:

“Metamorfoseándose en aveccila; reúne a los cisnes sus hermanos; pósase sobre las alas del más arrogante, y en bandada rumorosa va a través de los mares, hacia el este, descansando en islas misteriosas que surgen de las ondas heridas por sus flechas invisibles”. [2]

A pesar de la narración de Lista, escrita a partir del relato del anciano Papón, también existen divergencias sobre el final mitológico del héroe. Algunos textos recuerdan que fue el mismo cisne amigo, el que lo trajo hasta esta tierra, quien lo devolvió hacia el este. Pero salvando las diferencias anecdóticas, El-lal, el dios de nuestra cultura nativa, el dios engañado, se habría alejado de los hombres hacia el océano Atlántico, perdiéndose justo donde se funde el cielo con el mar.      




[1] Lista, Ramón, Los indios tehuelches, una raza que desaparece, Patagonia Sur Libros, 2006.
[2] Ibídem.

sábado, 3 de agosto de 2013

El zorro estepario

Un zorro colorado se oculta entre la flora de la estepa patagónica
Se podría decir que el zorro es un animal prestigioso. Su comportamiento solitario, la capacidad de adaptación a ambientes hostiles, más la sagacidad y cautela para la caza ha llevado a que se lo identifique con la astucia, es decir ese atributo de poder engañar y sorprender para sobrevivir y salirse casi siempre con la suya.
Sin embargo en la Patagonia también es un animal repudiado: en el 2011 se pagaba 100 pesos por cada cuero al peón que combate al zorro colorado. Los gobiernos provinciales y la sociedad rural promocionan la caza de esta especie para proteger la extensión ganadera. Sin embargo el zorro colorado está lejos de extinguirse.
Es el zorro colorado una variante de la especie de cánidos que se extiende a lo largo de Sudamérica. No obstante, es en la Patagonia donde encuentra su mayor extensión territorial hacia el este, favorecido por la baja densidad demográfica y por la presencia de ganado de carácter extensivo que le aseguran alimento durante todo el año y a lo largo y ancho de la región austral. Se lo identifica de otras especies similares (como el zorro gris, de menor tamaño) por presentar una coloración rojiza en las patas y en la cabeza, mientras que el vientre, cuello, boca y lomo son por lo general de color blanco, gris y negro.
Durante los meses de agosto y octubre es el tiempo de apareamiento y reproducción. Por lo general nacen camadas de entre 3 y 5 crías, pero en algunas ocasiones se han encontrado madrigueras con hasta ocho ejemplares en guaridas naturales o cuevas construidas por ellos mismos.
A pesar de la presencia del puma (único predador natural del zorro, aunque en una población notablemente reducida) y de la vocación de los humanos por exterminarlos, el zorro se la ha rebuscado para continuar viviendo entre los bosques y la estepa patagónica.
Su alimentación primordial son los roedores, liebres, aves y carroña por lo que hasta el siglo XIX esta especie se lo encontraba reducido sobre la franja de la cordillera andina. Pero la extensión de la ganadería ovina y la introducción de la liebre europea le aseguró al zorro otros alimentos en terrenos más hostiles como la fría e inhóspita estepa.
El zorro tiene hábitos solitarios. Recorre grandes extensiones de campos abiertos, pastizales y bosques por lo general a partir de las horas del crepúsculo y hasta el amanecer en un terreno promedio de 10 kilómetros cuadrados. Sólo comparte el territorio un macho y una hembra para fines reproductivos; y será el macho quien se encargue de alimentar tanto a las crías y a la hembra llevando comida a la madriguera.
El zorro es un animal celoso de su territorio y lo defienden de otros ejemplares de su misma especie con su mayor ferocidad. En el extremo de la cola, al final del pelaje oscuro, cuenta con una glándula odorífera que utiliza para marcar su área de caza. Este amplio territorio no se solapa nunca con otros zorros salvo para los fines reproductivos.
Su carácter sagaz y su astucia le sirven para incluso quitarle la comida a otros animales mayores como el propio puma, lo que ha generado la admiración de los naturalistas. Su hábito de caza se caracteriza por una especial cautela para identificar su presa, paciencia para encontrar el momento oportuno y acercarse de manera sigilosa, casi imperceptible ayudados por sus sentidos de la vista, el olfato y el oído agudamente desarrollados. Al momento de atrapar su alimento, el zorro es letal y puede alcanzar una velocidad de hasta 50 kilómetros por hora.
Más allá de que los gobiernos locales y las sociedades ganaderas buscan alternativas para “el control y monitoreo” de la especie; los estudios muestran que el despoblamiento de las estancias y la estepa ha contribuido a que nuestro envidiable zorro colorado haya incrementado su presencia en la Patagonia en la segunda mitad del siglo XX.
Los estrategas de la ruralidad han propiciado la caza furtiva, diseñaron pinturas disuasorias para maquillar a las ovejas, sembraron de trampas la región, colocaron alambres especiales y hasta matan las crías en las madrigueras. Pero a pesar de todo el esfuerzo del hombre, el astuto zorro, cuando comienza a ocultarse el sol, entre las matas achaparradas, y confiado en sus agudos sentidos, sale a conseguir su presa, cauteloso y paciente, para salirse una vez más con la suya.   

Mantienen un espacio de caza de 10 kilómetros cuadrados; solitarios y nocturnos
  

jueves, 20 de septiembre de 2012

Memoria de pececito, Cristina, la YPF española y los granaderos


Dicen que el cerebro de los peces de pecera es tan pero tan rudimentario que pueden dar un millón de vueltas en un vaso pequeño que para ellos siempre será como si fuera la primera vez; que su memoria no logrará recordar la primera, ni la segunda ni ninguna de las idas y vueltas que vivirá en su desmemoriada vida de pez de adorno ambiente.
Algo así suele pasar con las amistades y enemistades políticas, y la sociedad, medios de comunicación mediante, perderá la sucesión de fotogramas de lo que decían, hacían y pensaban sus dirigentes, referentes y/o funcionarios. Entonces vemos salir juntos y sonrientes del Congreso de la Nación dos muchachotes, muy altos los dos, que se acusaron de fraude, de robo electoral y la mar en coche. O que dos populares y verborrágicos políticos del sur, después de echarse o renunciarse y ningunearse a cara descubierta en cuanto medio radial, electrónico o gráfico se ponía en frente, se reúnen a puertas cerradas para sanar sus tripas empachadas y acordar un mensaje público para los periodistas que estaban atentos a ver el qué podían decir.
Y por caso, qué tal esa disputa política, mediática y por ende simbólica, de enorme semántica, entre el Estado argentino y las provincias con la otrora YPF de Repsol, la de los capitales financieros, que se decían españoles. Los que prestan mucha atención a los chismes de los pasillos políticos recuerdan que antes esa YPF, no la nueva recuperada por el Estado, era una privilegiada de las medidas del gobierno nacional; tanto de Él como de Ella.
Y en el relato histórico quedará que la actual mandataria le puso el cascabel al gato, reduciendo a casi nada todo el proceso de ir y venir que tuvo el gobierno con la petrolera concesionaria. Los españoles, Repsol y su YPF ahora resultaron mala palabra. Memoria de pececito.
Pero resulta que manejar la botonera no significa manejar la memoria. En la semana de conmemoración del 147 aniversario de Rawson, la capital de Chubut, se paseó por el centro administrativo, por las escuelas y por la playa, el micro de la escolta presidencial. Un ochentoso colectivo ploteado con granaderos a caballo galopando raudamente, una estampa enorme de San Martín nuestro gran Libertador, la leyenda “Granaderos, escolta presidencial” y en un costadito el sponsor: “Fundación YPF” (preste atención a la foto).
Si no fuera por el logotipo se podría haber sospechado ser de la nueva YPF; pero no, era de la tan española que capaz que San Martín se caería de culata si viera su rostro auspiciado por una petrolera privada, de mayoritarios capitales foráneos. Y luego la historieta esa de “la escolta presidencial”, que también parecía ser financiada, a modo de amistoso protocolo, por una petrolera extranjera, con pergaminos de madre patria y antes de ser la vaciadora, de ser la inversora de la Nueva Argentina --como decía un ex vicepresidente y ahora gobernador de provincia-.
Por las dudas a que todo fuera un disparate, a un mal intencionado se le ocurrió preguntar a los cuatro granaderos y una granadera que viajaron en el ochentoso colectivo si de verdad eran granaderos, o eran cinco grandes actores. “Somos granderos”, dijo gallardamente uno.
Muchas dudas no dejaron, porque durante los actos del aniversario se los vio como custodios de monumentos, tocar la diana cuando se izaba la bandera patria (otro detalle fatal: junto a la bandera nacional se izó el pabellón de Gales, uno de los estados miembros del Reino Unido) y decir los “¡presenten arms!” o los “vista derechz” de la vida militar.
Resulta que la averiguación no fue mucho más allá; pero si delató que junto a la nueva YPF sigue vigente la fundación de la petrolera, con nuevos planteos políticos y nuevo logo: la misma tipografía blanca en mayúsculas de YPF, con un serif corto hacia las terminaciones, pero sobre un fondo ya no azul, sino un celeste más argentino. San Martín ahora, estaría más contento. 

domingo, 16 de septiembre de 2012

Esta fauna en este zoo

Rawson es una ciudad abrumadora por las mañanas, de un cotidiano hormigueo de funcionarios, empleados, profesionales y oficinistas, y luego de estático tedio por las tardes, y ni hablar los fines de semana. Una ciudad que vive al ritmo de los tambores de la administración pública.

Desde las 7 hasta las 14 horas se habitan las oficinas públicas con dirigentes de primera y segunda línea, sus asistentes y alcahuetes, y desde las 9 hasta las 14 se mezclan con la fauna de periodistas. Los periodistas somos  una comunidad de fanfarrones (algunos muy distinguidos) que corremos de acá para allá, saltando los cordones de la vereda, esquivando charcos sin perder de vista el hilo de nuestras primicias. Es una fauna achatada, donde todos hacemos lo mismo y casi con los mismos resultados.
Si hay algo que me molesta de la misma manera que los chistes internos de los abogados son los chistes internos de los redactores de periódicos y cronistas radiales.
Somos como las cajas de bizcochuelo: poné dos huevos, leche, el contenido del sobre, manteca y con un rato de horno tenés la misma torta. Y ese bizcochuelo será el mismo que vamos a desayunar al otro día, antes de volver a hacer la misma receta, con los repetidísimos ingredientes, para seguir consumiendo la misma masa morfa y achatada.
Somos la fauna de periodistas de inacabable fanfarria en el tedioso zoológico de Rawson. Ni buenos ni malos, sólo animales.

sábado, 8 de septiembre de 2012

Empatía con represores


Cuando le dijeron “Dios, Patria y familia” entendió que no eran sustantivos ni elegidos ni ordenados al azar. Fue su lección más brutal y más honesta, un ropaje que se hizo piel y sustancia. Lo que vino después fue una tragedia; pero una tragedia a fuerza de masacre, con responsabilidades y culpas. En sus almas –jodidas almas—no hay cinismo, sino pura lógica, raciocinio matemático, justificaciones por jerarquía, pensamiento elaborado e historia individual. El 22 de agosto de 1972 fue sólo un desenlace, uno de los tantos que tuvo y pudieron tener esas historias.

Dios habrá comprendido, Dios sabrá perdonar. Pero si todo es un teatro. Defensores, fiscales y querellantes riendo, fumando en comunidad. ¿Qué pueden saber de la guerra? ¿Qué enemigos creen tener? ¿Contra quién y qué podrían pelear? Y los jueces… de qué. ¡Eso! Jueces de qué. Jueces de universidad. Tampoco saben una mierda de la guerra. Idiotas útiles. Las preguntas previsibles, la condena anticipada, los diarios bañándose de inocencia. Culpables de ateísmo. Pantomima corrupta.

Sentados en fila, a veces conversan. Paccagnini, Del Real, Sosa y Marandino. Nada que se diga en las audiencias los perturba, ni los relatos más brutales. Protagonistas estoicos de su suerte. No sienten culpa, no les importa nada lo que ocurre. Teleconferencia, tribunales, exposición de croquis, procedimientos y formas. Descreen de todo eso que sucede, y así creen tener pelotas.

Nos equivocamos en no seguir la guerra. Dios sabrá perdonar.

*Escrito durante el juicio por la denominada Masacre de Trelew, cometida el 22 de agosto de 1972. Rawson, agosto del 2012.

miércoles, 22 de agosto de 2012

Trelew, 40 años después


La ciudad valletana del Chubut tiene sus buenos y merecidos pergaminos en la inquietante y dolorosa pelea contra el autoritarismo sanguinario. Antes y después, es decir que antes de saber que el poder de los ridículos uniformados con galones de inentendible orgullo y soberbia anticiparan que eran capaces de todo y ya durante el Terrorismo de Estado tanto de facto improvisado como luego sistemático, se escribieron aquí algunas de las mejores páginas de la historia contestaría a los regímenes militares argentinos.
Durante toda la semana, Trelew vivió la conmemoración de la masacre que lo madrugó el 22 de agosto de 1972. Es una masacre que los contiene (a todo el pueblo, viejas y nuevas generaciones de trelewenses) en el mismo nombre de los hechos: la Masacre de Trelew, sin ser redundantes.
Porque Trelew es el protagonista de esta historia que no aceptó sumiso ni autista ni con temor lo que le fue sucediendo. O quizás con temor, sí; pero no fue paralizante, fue indignante y eso se sabe, se conoce, por la cantidad de documentos fotográficos, escritos en la prensa y claro que también por lo pétreo de su memoria oral y colectiva de lo que pasó antes, durante y después de los fusilamientos. Las recapitulaciones son asombrosamente coincidentes. Sólo resta con ir a las audiencias por el juicio contra los autores y encubridores que actualmente se lleva adelante para escuchar a los testigos locales de la barbarie del 72.
Antes fueron los vecinos solidarios que recibían a los familiares de los presos políticos confinados en la U6 de Rawson y los abogados defensores de los Tosco, Santucho y todos los demás. Luego fue la Asamblea del pueblo, la pulseada por los vecinos trasladados a Devoto y las manifestaciones públicas en el Teatro Español. Fue Trelew.
Ahora, aunque en la ciudad esas librerías de anequeles pretenciosamente cultos desconozcan La patria fusilada de Paco Urondo y La pasión según Trelew de Tomás Eloy Martínez, en los colegios se cuenta la historia sin los lavados eufemismos, y los chicos no andan con vueltas: escenografías que por ejemplo tienen un manto negro de fondo, con siluetas de los 19 fusilados la madrugada del 22 de agosto. De todas las siluetas sólo una era diferente: la de Ana María Villareal de Santucho quien al momento de producirse la masacre estaba embarazada de ocho meses. Esclarecedora distinción, porque los acribillados fueron entonces 20, de los cuales sólo tres lograron sobrevivir.
La memoria supera los caprichos mercantiles, y aunque un afeitado y engominado hombre, de prolijidad de camisa con corbata roja repregunte bien cómo se escribe el nombre de la obra y si Urondo va o no va con hache muda, la ciudad vive sus pergaminos con orgullo, que es muy diferente a la soberbia de esos dudosos galones de hombres sanguinariamente ridículos.
Es Trelew, cuarenta años después.

domingo, 5 de agosto de 2012

Prefiero el mar…


Qué no se habrá escrito ya de los mares. Sí, de los mares rimbombantemente en plural. Por eso ahora, me atenderé a una experiencia puramente personal, hacerme de él (el mar, ahora en singular), para construir no un mito, pero sí un relato simple. Será este mar, el de la foto. Capaz algún día tendrán que citarlo, y no decir que a este modesto escriba le gustaba el mar, sino el mar así y asá.
Y como claro, es escueto señalar que hay mares (claro, muchos mares) voy a dividirlos y discriminarlos. Entonces hay mares mansos, como el de los golfos que de tan ceremoniosos parecen grandes lagunas, achatados, sumisos, un poco aburridos diría. O mares pintados de turquesa, esos que fotografían los turistas en el pobre Caribe o en la misteriosa y no menos pobre Polinesia y que después del efecto, aburren y se dejan de mirarlos. 
Me acuerdo una vez que añoraba el mar; habían pasado unos meses sin verlo. Estaba en Lima y no sabía que estaba muy cerca de la costa. En el barrio de Miraflores de golpe se abre un barranco de 30 o 40 metros del altura y ahí, estuvo el mar. Era un gris de cielo plomizo, y por la altura se distinguían las distancias entre las olas que iban a terminar en la orilla. Lo observé con alegría, aunque no era exactamente el de mi preferencia más bien que lo había echado de menos.
Es así que prefiero otros mares (y aunque se achica el universo aún vale mencionarlos en plural). Los prefiero abiertos, mares violentos contra rocas o playas, esos de azul cobalto, ventosos, y generalmente mares fríos. Con aves aguerridas que vuelan al ras del agua para sortear las ráfagas con el mar encrespado.  
Esos porque el mar me es la fuerza, pura energía. Pero nunca algo cursi o romántico, sino una soledad íntima, de pensamientos con hondura, de meditaciones que pacifican. El mar me pudo significar de todo; pero elegí mi manera de que me guste. Un mar gritón y bullicioso, y a la vez un mar desapercibido que mis ojos aprendieron a mirar. Es sólo una preferencia, sin otro ningún sentido ni propósito.
Costa patagónica, Playa Unión.

lunes, 9 de julio de 2012

Sosiego


Trato de encontrar una nueva forma de escribir el 8 y el 5. La actual me deja unos retazos, problemas que me frustran.
Es que mi 8 no lo dibujo imitando el símbolo infinito pero en vertical sino que trazo dos esferas, una encima de la otra que en muchas ocasiones, desprolijas e imprecisas, se terminan por superponer: primera esfera superior, segunda esfera inferior previo alzar el lápiz. Imperfecta. Legible pero muy fea.
En cuanto al 5 imito un S pero con los ángulos rectos salvo la curvatura inferior que se apoya en el renglón, donde intento hacer un medio redondel austero pero decidido. El problema está al principio, cuando trazo la línea superior donde horizontalmente hago un doble rayón de izquierda a derecha y de derecha a izquierda que cuando sigo impreciso se bifurcan y separan para que cuando termino de dibujar el carácter se parece más a un número 3.
La solución está, al parecer, en la repetición metodológica de los principios de la letra cursiva, caligrafía que hace muchos años (desde los 11 cuando estaba en sexto grado) he dejado de practicar por disgusto e incapacidad: no alzar el lápiz salvo para el espacio entre términos y palabras y también para bajar de renglón.
En fin. El número 8 no me deja más remedio: hago una media esfera con un ángulo agudo y centrado en la parte inferior y consecutivamente hacer la otra mitad, justo debajo de esa, de la misma forma, sin alzar el lápiz nada más que invertida a la primera. Como dije arriba, hacer un infinito pero erguido.
Y el número 5 lo hago más simple y no más estético pero que evitan malentendidos con el resto de mis cotidianos. Desde arriba y la derecha un trazo recto y horizontal hacia la izquierda, una línea vertical hasta la mitad del carácter y una curva abierta a la izquierda abajo, similar a su antecedente, y sin levantar nunca el lápiz.
Quien piense que este tratado de caligrafía básica es menos que una tontería no se ha percatado, y ya no digamos de las bondades del expresar mejor y más bello si pudiera, sino de la simple tarea de ser indulgente con el aburrimiento de un domingo plomizo que bien pudiera nevar y no nieva.