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sábado, 22 de noviembre de 2014

El barrio vivo

Mi barrio plebeyo es dulce y tierno como mi planta de naranja lima. El polvo suspendido esfuma la luz rasante del último atardecer, y dibuja siluetas pálidas de los peatones que se recortan en la parte más alta de la calle. Caminan como suele ocurrir en los barrios periféricos: por el medio de la senda.
El barrio Oeste, que en realidad nunca se sabe dónde empieza respecto al barrio Fontana, tiene un club modesto donde chispean algunas esperanzas que se precipitan tan lentamente como a su vez persistentes. El club nació de otros dos antecedentes, y para ser argamasa de tantas otras cosas no se anduvieron con vueltas, y lo bautizaron Club Alianza Fontana Oeste.
El barrio plebeyo es fronterizo entre el Puerto Madryn "aséptico" que se encaja con el golfo, y el Madryn potable que se apelotona contras las bardas.  
Llueve con sol y el olor a tierra mojada delata una melancolía alegre tatuada en los rostros de los que suben y bajan de lo que es la otra ciudad. Al mediodía y a la tarde, los hermanitos se van a buscar a la escuela y se llevan a cococho; los abuelos cortan camino por la diagonal de los baldíos.
Acá viven los laburantes, empleados precarios, asalariados de todo tipo, docentes, pastores religiosos, buscavidas y changarines. Es parte de ese Gran Puerto Madryn que respira al Oeste de la Juan B. Justo y que contradice el relato pulcro de una historia tan impostora que cercena bajo el rótulo de los "nacidos y criados" el testimonio de todos, sin exclusión, los Venidos y Quedados.
El Oeste parece lejano, pero a tan menudos minutos se aleja del Madryn de postal y se pisa el canto rodado de esa otra ciudad, la más discreta, la menos vendida y la más viva. Por esas cosas,
es el lugar que elegí para vivir.
Mi amigo César pasó por el umbral de la casa a tomar unos mates

miércoles, 15 de octubre de 2014

De un sueño

Érase un sueño invertido: pues el continente se reflejaba en el cielo. Permanecía en la mitad de cuadra que más he habitado en mi pueblo natal, sobre la vereda del hotel de mi abuela. El cielo que reflejaba la geografía del continente, distinguía claros los paisajes cenitales de la Patagonia, sus rutas y hasta los lagos del valle del corredor central. Me parecía lógico y maravilloso, lo veía junto a mi mamá. El reflejo transitaba lento, como llevado por una brisa de altura, se escapaba de a poco.
En la confitería del hotel busqué a mi papá, y cuando salimos no había reflejo, sólo un cielo celeste con almohadones de nubes bien dispersas. Sin embargo, por detrás de unos pinos que se divisaban hacia el oeste, el mapa empezaba a verse más claro y pequeño. Era como que la Tierra poseía luz propia, era capaz de reflejarse a sí misma en las capas atmosféricas.
Me impacientaba no poder mostrárselo a mi papá y hasta a mí mismo se me fugaba el reflejo que se perdía. La resolución tuvo un sueño (y no al revés): mi papá no pudo verlo, y al despertar comprendí que el reflejo no pudo ser nunca; que la Tierra carecía de luz propia y que por tanto sólo pudo ser una ilusión de sueño.

domingo, 5 de octubre de 2014

Tercera persona

Tan honesta e ideal fue la declaración que con el correr de los días empezó a pensar que nunca había sucedido. Que en realidad era una traición de sus fantasías, o una broma macabra de su angustia que se estaba volviendo crónica. Fue algunos días antes, en ese umbral de la primavera, que sospechaba ser víctima de un trabajo de brujería; pues era como una fuerza oscura y ciega que lo sujetaba en la desgracia, en una pesadumbre húmeda y fría la cual no se correspondía ni con sus actos ni con sus pensamientos.

Por una parte era incapaz de negarse a un suceso de tal tipo más allá de sus convicciones agnósticas; y por otro era lo suficientemente curioso como para resolver qué hacer en ese segmento de su vida.
Del pasado más próximo al actual había mejorado; eso no lo podía negar. Bastaba con ver las fotografías carnet para explicar el tránsito de los más terribles subsuelos a estas capas intermedias, llenas de optimismo pero de resignaciones y sacrificios con resultados por lo general modestos. También sabía que no existía una fórmula marcial que lo arrebatara de ese estado y lo soltara, lo expulsara o propulsara hacia el abismo –de luz, pero siempre se lo figuraba como un abismo—con el que había soñado recurrentemente. Pues pensaba que nada de todo eso había sucedido. Era por ese grado tal de honestidad que lo hacía ideal, y por tanto inexistente, inefable e imposible. 

domingo, 8 de diciembre de 2013

La mulita madrynense

Si me preguntarán qué es para mí Puerto Madryn, contestaría sin dudar: la mulita. ¿La mulita? Sí, ¿Acaso no la vio? Estoy seguro que sí la vio, y que la vio un montón de veces. A lo sumo no la habrá mirado, pero sí o sí la vio. No la miró porque eso requiere pensarla, detenerse, irse un rato con ella y volverla a mirar diez, veinte, cien veces más. Hasta que se convierte en un problema, en una obsesión como le pasa a este cronista.
Está por toda la ciudad, y aunque parece quieta vive viajando. Ha llegado con su paso lento hasta Puerto Pirámides y ya regresó. Suele no avisar y se aparece. La mulita es una vándala que no se fija ni en bienes públicos ni privados. Infestó la ciudad del golfo con sus trazos regulares, sus patitas en punta y su cuerpo entero como medio huevo roto. Aparece en negro, rojo, verde, azul… aparece en esmalte sintético, fibra, con brochas variables. A veces, ofuscada, tiene un halo de furia vertical, que se eleva al cielo de su enchinche.
La mulita no tiene nombre y no tiene firma. Pero su carismática figura, para dolor de los líderes del orden aburrido, sigue expandiendo su recorrido.
Si la mira de una forma aparece plana, como caminando lateralmente -esto es, perpendicular a uno-. Pero otras veces, si usted la mira con fe, la puede notar tridimensional, viniendo hacia uno (incluso alguna yéndose por su punto de fuga).

La mulita, lo dijimos ya, es una vándala y también una gran viajera. Para mí Puerto Madryn es la mulita, y no al revés, porque sino todo eso no tendría sentido. Seguro que la vio, y la vio un montón de veces; el problema es ahora, que empezará a mirarla diez, veinte, cien veces.
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sábado, 30 de noviembre de 2013

Preparativos

En Puerto Madryn deseamos apurar el verano. Esta cosa de primavera cálida y costa ventosa nos deja derrumbados y sin opciones: no nos gusta quedarnos en la casa porque el calor mata, pero tampoco podemos estirarnos horizontalmente en la playa, pues el viento nos llena de arena y nos pone la piel de gallina. Entonces, como mucho, nos conformamos con caminar por la costanera, ir hasta el Indio y desilusionarnos con su petrificado taparrabo, y ya no mucho más; que a decir verdad es bastante si nos aferramos a la fama de fría e inhóspita que tiene la Patagonia.
Pero el calendario gregoriano es pesimista: recién es 30 y queda casi una luna entera para que llegue la tan ansiada estación estival.
Igualmente, y a los fines de dar vida a estos textos sureños, vale repasar cómo están los preparativos en la ciudad del golfo para lo que entendemos como su época más jovial.
El municipio, bajo la gestión de- Sastre, incorporó a su staff de pituquería una serie de carteles luminosos que adornan la costanera y que se suman a los más altos y también pitucos que fueron instalados el año pasado en las ocho bajadas principales de la playa. A la comuna local le cuesta horrores pagar salarios (este mes que se termina los municipales cobraron el 19), pero lejos de bajar el copete, la gestión de- Sastre saca pecho de sus carteles y soberanamente los bautizan: son los “Tótem”. Piza y champan.
Pero para ser justos, no todo es culpa del petiso, pelado y mellizo mandatario local: resulta que ninguno de los diez boliches-restoranes-confitería-paradores pagó el canon de concesión de los negocios de playa: los gerentes no pagan y entonces el intendente lo pensó así: “Si ellos no pagan, yo tampoco”.
La reunión de gabinete en que se trató la cuestión fue memorable --según filtró un alcahuete--: Sastre preguntó a sus cortesanos: “¿Quién pagó el canon?”, a lo que el secretario de Gobierno Enrique “Quique” “Pelos” D´Astolfo se adelantó a todos y respondió: “¡Nadiesss!”. Pero claro; mientras no pagan el canon hay algo que los paradores, sobre todo de aquellos que tienen parador y también medios de comunicación, retribuyen a honrar lo que pomposamente denominaron "acuerdo político": yo no pago el canon pero pongo tu gacetilla en página 3.
Tan mal está todo en Puerto Madryn que las ballenas hicieron las maletas antes de tiempo (en octubre ya no quedaba ninguna en el vientre del golfo Nuevo).
Así las cosas, quienes quedamos sobre los márgenes del empleo público local, esperamos que el tibio sol termine de recalentarse de una buena vez y el viento primaveral de la costa atlántica nos de una nueva tregua. Todos queremos apurar el verano, queremos apurar el tiempo, excepto claro, los municipales que no saben cuándo van a volver a cobrar porque hace once días recibieron su sueldo y este mes tendrían que aspirar a cobrar no sólo en término, sino también con aguinaldo.  

domingo, 24 de noviembre de 2013

Salitrales de Península Valdés

El área que comprende Península Valdés y su litoral adyacente es internacionalmente conocida como una reserva natural intensa, en donde la fauna marina y terrestre congenian en un paisaje estepario y de un océano Atlántico con predominios de azules cobaltos y también celestes y turquesas. Ya sea por la experiencia de ver la ballena franca austral, las orcas o el avistaje de aves y también otros mamíferos marinos, miles de turistas de todo el mundo se registran en el puesto “El desempeño”, en el ingreso a la parte más escuálida del istmo que conduce al área resguardada. 
Pero sin tantas distinciones internacionales, y ocultos tras los alambrados de la propiedad privada, el mismo continente de Valdés distingue al menos tres áreas de tonalidades más bien blancas y rosadas, terrenos que en apariencia no tendrían tanto que ver con la generación y resguardo de la vida. O tal vez sí, quién lo sabe.
Los salitrales de la península son formaciones por debajo del nivel del mar; que refractan la luz solar y se distinguen sus resplandores desde las ripiosas rutas 2 y 3 que pasan distante a cuatro o cinco kilómetros de los bajos de salitre.
Una vez en el piso duro de la sal compacta (parecido a una sola placa petrificada) las sensaciones primarias son de agravio, de ignorancia, de estar en otro mundo. A pesar de estar rodeados por alambres, las salinas se pueden alcanzar caminando, a fin de cuentas el mejor sistema de transporte que posee el hombre y el cual le ha ayudado a cruzar las montañas más altas o los desiertos más extensos. Por acá tiene que ser igual. Pero claro, también hay que sortear en este caso a los guías de turismo prohibitivos e ingresar sigilosamente (el sólo espantar las ovejas de un lote a otro, o de una ladera a un llano puede alertar a los peones o ganaderos –no hay que perder de vista que se está en una “propiedad privada”).
Paralelo a las huellas del interior de las estancias, pero alejados unos cuantos metros, y sorteando algunas elevaciones menores pero más o menos empinadas, se desciende a Salina Grande, un salitral de casi 40 kilómetros cuadrados y nada menos que a 42 metros bajo el nivel del mar. En el trayecto matuastos y piches cruzan raudos por entre las matas; matas que al acercarse al salitral empiezan a perder altura y exuberancia, hasta casi desaparecer por completo salvo en una suerte de islotes a lo largo de la franja circular que da inicio a la laguna de sal. Los tallos son rígidos, también salpicados de sal.
La denominada Salina chica es más accesible: a unos 800 metros de la ruta, sin tranqueras ni alambrados y sin cerros que se interpongan entre el camino y el desierto salino. Junto al propio salitral se anticipa una enorme laguna de fondo arcilloso. Las huellas de vehículos se distinguen cruzadas, con algunas contramarchas, encajadas y patinadas. Nada, ni las huellas mismas ni otros vestigios permiten suponer cada cuánto son visitadas, ni por quienes.
Más fantasmagórico resultan las bolsas de cemento abandonadas en la salina mayor, abiertas la envoltura de papel por la furia del viento y concretizadas por el agua de las esporádicas lluvias del lugar. Se suma al paisaje marciano, un colectivo abandonado, con colchones de goma espuma desgajados, latas de petróleo y chatarra dispersa al costado de una vieja salmuera que servía para obtener la preciada sal. Nada, se insiste, permite interpretar una fecha de lo que podemos entender como “presencia humana”.
Desde 1898 hasta 1916, la sal que se consumía en los restoranes de la zona norte de la provincia y también en los hogares provenía de la península. Alrededor de 40 personas vivían del mineral y se había extendido una línea férrea de trocha angosta de 34 kilómetros que unía Salina Grande y Puerto Pirámides, desde donde finalmente se embarcaba la carga para llevarla a la ciudad principal de la región (Puerto Madryn).
La explotación comercial de la sal determinó el asentamiento poblacional: Pirámides es la localidad costera de la península: vive ahora del turismo, fundamentalmente de los meses que la ballena franca austral se aparea y tiene sus crías en el golfo Nuevo y golfo San José que encajan por el sur y por el norte a la península. La villa también vive de la playa durante la temporada de verano. En la calle principal del pueblo se puede ver algunos de los carros ferroviarios que traían la sal, montados en un tramo de vía y oxidados por el tiempo pero también por el persistente salitre.
A medida que se camina para llegar a los salitrales, las zapatillas se van tiñendo de blanco y la goma se seca con una costra salina que parece quebrarlas. Las matas ralas se cubren también de sal desde la mitad hacia el final de su tallo, y el sabor propio de este mineral empieza a sentirse en la lengua y por sugestión lagrimean los ojos. A gran altura, un chimango planea en espiral en busca de su alimento: estamos en el centro de la laguna de sal y aunque el silencio es casi absoluto, el sol refractado se asemeja a un cielo estrellado pero a plena luz del día, y escuchando por sobre todas las cosas las pulsaciones del corazón, el vuelo del ave desecha la hipótesis del comienzo: en los salitrales de la península también se encuentra y resguarda la vida.


sábado, 2 de noviembre de 2013

Polen

Con la vista hacia el horizonte, pero sin mirar, sin prestar atención por dónde se ocultaba el sol, Juan permaneció sentado en una silla clueca y en silencio. Habían pasado algunas pocas horas desde que arrojó el puñado de tierra negra contra la tapa del cajón, giró sobre su propio eje y se marchó del cortejo sin esperar a nadie ni explicar los motivos obvios.
No había en su semblante ninguna demostración de tristeza pero si un ánimo de parquedad, una moderación extrema en el contacto con la gente, basando sus conversaciones en monosílabos, y preguntando y respondiendo sólo si le hacía alguna extrema falta.
Juan fue el hijo, sobrino, primo, nieto y bisnieto de una extensa familia compuesta durante dos décadas por 56 parientes nucleares, incluida dos criadas y la fiel Adela, una anciana que se instaló en la modesta cabaña rural con un valijón de cuero y una estatuilla de la virgen luego de ser abandonada por su cuarto esposo.
Salvo los primeros tres entierros en los cuales aun era muy chico –el de su bisabuela materna, su abuelo paterno y su tío Enrique que murió de tristeza y paperas--, Juan fue el encargado de enterrar a los 52 parientes que ya existían cuando él nació en el moderado invierno del 59. Por eso, alguna vez ya se había hecho esa pregunta, cuando tendría alrededor de veinticinco años.
Naturalmente. Me correspondía a mí hacer cumplir el derecho familiar de terminar todos en esta tierra. Estanislao creo que no se lo había preguntado jamás, ni siquiera cuando un instante antes de expirar tomó con fuerza mi mano y no la de Eugenia, y quiso balbucear algo que quedó atrapado entre la saliva mocosa y la falta de oxígeno.
Estanislao era el cincuenta y cuatro de los cincuenta y seis que vivieron esas dos décadas sin mayores novedades. Mientras que Juan el cincuenta y seis de cincuenta y seis, fue el último de las generaciones contiguas. Sin embargo creció sin siquiera suponer el destino que tenía reservado. El primer entierro, donde al tío Octavio tuvo que cumplirle con su última voluntad de una buena farra alrededor del féretro, pasó inadvertido para Juan que de ahí en más, tácitamente, sería el encargado de los funerales cuando recién corría el año 73 y tenía catorce años prematuramente maduros.
Con Estanislao habían cultivado una amistad parental llena de complicidades. Profesaban el mismo humor escueto, un humor que definitivamente Juan perdió con la muerte de él.
Sólo su nieto mayor, Alejandro de trece años, lo intuyó en las últimas horas: su abuelo se sentía como muerto desde que desprendió el terrón y concentró por un instante la mirada en la nueva generación de parientes, los granos duros de polen que tendrían que repetir la historia de tragedias e indisimuladas victorias. Alejandro comprendió, con una perspicacia heredada de su propio abuelo, que Juan ya había cumplido con el propósito manifiesto de su familia y esperaba que ahora alguno lo hiciera por él: descansar para siempre, a pesar de todos los prestigios vencidos, en la tierra que por más de un siglo y medio consideraban como propia.

sábado, 28 de septiembre de 2013

La vida es una cosa buena

Las lecciones que aprendimos y las personas que nos han enseñado algo. Ya fuera caminar, pedalear la bicicleta, las tablas de multiplicar o simplemente a confiar y por el solo hecho de saber que algo hemos aprendido y que alguien nos ha enseñado nos revela que la vida en sí es una cosa buena.
La pila de amigos que hicimos, algunos más o menos efímeros, los que tenemos la certeza de que son para siempre, esos que nos recordaron todo lo bueno y esfumaron todo lo malo, aunque hayan cambiado, se hayan ido lejos o nos hayamos enojado irreconciliablemente pero  por el solo hecho de haberlos sentido como amigos nos demuestra que la vida es una cosa buena.
Los libros de García Márquez, el ron cubano, el gol de Maradona a los ingleses, Casimiro tirando caramelos desde el avión, el viento, la lluvia, la poesía y la pintura, las aves migratorias y los frutos de invierno nos recuerdan que la vida es una cosa buena.
Los amores y los amoríos, los que llegamos a desnudar y los que nos dejaron como un trompo, los que remamos hasta creer que era posible, los que tuvimos miedo de confesar, los primeros besos y hasta los besos que cerraron historias confirman una vez más que la vida es una cosa buena.
Las rebeldías, los placeres insalubres, los bolsillos amplios y hondos, la invención de la rueda y el humus no nos permiten ninguna coartada: la vida es una cosa buena.
El mar, la fotosíntesis, cuando nos dejan pisar el césped, las explicaciones simples, las maravillas inexplicables y los tozudos en explicar cualquier cosa, la increíble teoría del color, el verano y hasta los que se juegan el lomo por una causa justa nos dejan sin escapatoria: la vida es una cosa buena.


lunes, 17 de diciembre de 2012

Del Ventarrón


El polvo en suspensión, uno de los efectos del Ventarrón.

Así como los cuyanos tienen el malhumorado Zonda y los porteños la acomplejada Sudestada, nosotros los patagónicos tenemos el jodido Ventarrón. Aunque los cuyanos podrían tener un doble motivo de queja al saber que su implacable viento tiene género femenino, así como los huracanes del trópico que siempre tienen nombre de mujer, nosotros, los patagónicos, tenemos algunos motivos más graves para querer ser los campeones del temporal de mierda. Porque básicamente, para el común de los australes de esta parte del globo, el viento es “viento de mierda”, sin más y los motivos sobran.
Cuentan los sanjuaninos que el Zonda se caracteriza por ser un viento seco (en eso sí se nos parece), cálido (en esto cuán diferente somos) y que provoca, entre otros tantos fenómenos, mal humor, agobio e incendios. Cuentan los porteños que su Sudestada viene,andá a saber por qué, del sudeste, generalmente con fuertes lluvias, provocando anegamientos, evacuados y cortes de luz. Respecto a los porteños, sólo nos emparentamos con algún ocasional corte de luz; aunque por motivos diferentes.
El Ventarrón es viento con tierra, de ahí su etimología (no se complique buscando si es cierto esto). Es seco, del oeste y el efecto principal, según los estudiosos del ánimo regional de la Universidad Nacional de la Patagonia, es un irreconciliable espíritu de quejarse por todo y contra todos. Por eso si ahora usted escucha a su madre o tía quejarse de que los broches del tendal son una “reverenda cagada”, no se olvide que hoy también sopla un día de mierda.
Y es un viento de mierda que llegó un día y se quedó por muchos. Es así que nunca nadie pudo, en esta polvorosa tierra, recordar cuándo fue que empezó el último temporal de viento. Algunos intentaron marcar el día en un almanaque, pero las marcas se trocaron con la de las pastillas anticonceptivas y ya no sabían qué tenían que tomar, si la píldora antiembarazo o la píldora del mal humor. Otros, más literatos, escribieron el primer párrafo el día que después de una copiosa lluvia comenzó el Ventarrón, pero perdieron el cuaderno, o se olvidaron de marcar cuándo fue que terminó el temporal o se olvidaron directamente que tenían que hacer un registro y hasta los más despistados, olvidaron que tenían un cuaderno. Sólo hubo alguien que sobrevivió a la misión de hacer el registro, pero su función social fue tan poco reconocida, que esta es la primera vez que se hará su merecido reconocimiento (aunque, por cuestiones ambientales, ocultemos su buen nombre).
La única manera indecente que encontraron los patagónicos para zafar del “viento de mierda” es elaborar buenos chismes de vecinos. Todo lo otro que provoca es más de lo mismo cuando uno está en días de mierda: mira el boletín de los críos, limpia la casa para que se vuelva a ensuciar en un rato (y uno pueda legítimamente seguir quejándose), o se sienta en el terroso sofá a ver la novela de la tarde.
No es porque el Ventarrón sea un “viento de mierda” que sí o sí tiene que ser un temporal de color marrón. Pero entre cielos pardos y opacos, desaturados, y muy luminosos por nubes también terrosas que difunden la luz, además del polvo en suspensión, el marrón es el color que se acostumbra.
Y uno ve copas de árboles que zarandean, autos que se mueven sin que nadie ocupe una butaca ni vertical ni reclinada (usted también sabe que muchas veces los autos se mueven alegremente con butacas reclinadas, ¿no es cierto?), y mujeres que caminan hacia el oeste, contrariando el espíritu del día, haciendo visera en los ojos no por el sol sino por la tierra, y con mueca de “¡Qué terrible!”. Yo que usted, hoy no hablaría con esa señora.
Sólo hubo una persona que logró registrar cuándo fue que empezó el viento y por cuánto se extendió. Es más, anotó al menos diez registros de los cuales la mayoría eran de tres a cuatro días de Ventarrón seguido; pero en uno, que le desbarató su estadística, contó de la siguiente manera: “28 de septiembre, primer día de viento de la primavera del 2009”. Y a los 22 días registró: “14 de octubre, mismo año: terminó el consecutivo Ventarrón. En tanto, se murieron 4 personas, se compraron 10 kilos de clavos, 13 cueritos de agua fría, hubo 2 nacimientos, ningún casamiento católico y sí dos concubinatos civiles”. Fue su último registro, pero al día siguiente de que escampó el “viento de mierda”, cuando nuestro documentalista murió sin mayores causas que una vejez terrosa, y entre sus manos tenía, aferrados contra el pecho, el cuaderno de sus registros con sus huellas marcadas en el polvo, volvió el Ventarrón. El comisario del pueblo, que también hacía, sólo por mera costumbre, de médico forense, resolvió tras tomarle el pulso las causas... y también las consecuencias del deceso: “Murió. Que día de mierda, ¿Cuándo irá a parar?”.

lunes, 10 de diciembre de 2012

Enamorada del mar



¿Quién podría haberme anticipado que si cedía dos taxis el tercero iba a venir con una historia? Primero una chica taciturna, ensimismada que, tras el raudo taxi que se estacionó de golpe en la parada, se me adelantó y tomó el coche que me correspondía. Y como de chico me enseñaron que en esos casos es preferible no cruzarse con quien tiene mala cara, dejé que se apropie de mi turno. En cambio, el segundo caso resultó una causa social: una madre desdentada, con dos criaturas y que arrastraba dos bolsas de nylon muy infladas de ropas y mantas, quien gustosamente aceptó el auto que le indiqué cabeceando, sin mucha gentileza reconozco.
La tercera taxista era una mujer, que ni bien empezó a distinguirse detrás del parabrisas mientras se acercaba y se corría el reflejo del sol ya me daba buena espina: parecía una mujer alta, y ya en el auto descubrí su tez morena, ojos profundos y un pelo negro absoluto, lacio, sin atar y largo hasta por debajo de los hombros, cubriendo la parte superior de los dos brazos.
No me había acomodado que amagó a acelerar pero frenó inmediatamente para darle paso a otro taxista: “Los hombres primero”, dijo con una sonrisa y un tono de voz que resumía quizás todo lo que tendría que tener una persona buena.
Fue ese día y en esas circunstancias que conocí a la mujer boliviana que se enamoró del mar. Una síntesis perfecta, hecha en carne de la historia de Bolivia. Una mujer taxista, enamorada del mar en una ciudad extraña de la Patagonia Argentina. Una mujer que, además, como si fuera poco, chorreaba de buena.
Sólo habrán sido treinta cuadras, quizás menos. Pero en ese tramo bastó para conocer la punta del iceberg que debe ser la señora: llegó a Madryn en el 86, nacida de una zona campesina a una hora de la ciudad de Cochabamba en el país altiplano. “Me trajo mi tío a los 18 años y vivíamos en un asentamiento detrás de la terminal. Cuando ví el mar me enamoré del lugar”, me cuenta. Su primer trabajo fue en una planta de procesamiento de pescado (era filetera): “En Argentina se puede ahorrar para estar un poquito mejor. En Bolivia también, pero menos”, me cuenta sobre su fortuna de vivir en este país. “Los argentinos me enseñaron. Los modos me enseñaron; porque yo venía del campo y no sabía cómo dirigirme a la gente. Me enseñaron que cuando usaba el “el” tenía que decir “ella” y modos así, para poder hablar”, recuerda la mujer.
“Hay gente buena. También hay gente mala. Yo me hice amigos y amigas argentinos que nos juntamos siempre”. La mujer boliviana enamorada del mar tiene su familia acá: un esposo también boliviano y que también es taxista, y dos hijas que bailan caporales. “Yo también bailo, pero un folclore más de la zona del valle de Bolivia”.
La mujer desde que llegó sólo volvió dos veces a su país. En el 2005, nueve años después de venirse a la Argentina, y luego en el 2005 cuando se murió su padre. “Ahora queremos en el 2013 o 2014 ir de nuevo, y quedarnos un poco más de tiempo”, anhela la boliviana. También me contó que dentro de poco se va a Ushuaia a un casamiento: “No, bueno sí, es como pasear, pero ojalá. En realidad vamos al casamiento de una sobrina”.
Le conté que en Ushuaia también se ve el mar. “¿Cierto? ¿Es igual que acá?”. “No tanto, tiene más olas, es más azul, y bastante más frío”. “Yo me enamoré del mar. No pensé que era así. Allá no tenemos mar, bueno el Titicaca es como el mar. Pero no lo conozco. Nunca dejo de míralo: Yo me enamoré del mar y por eso me quedé”.


lunes, 26 de noviembre de 2012

Origen del nombre “Patagonia” y los tehuelches


La historia no se pone de acuerdo respecto al nombre Patagonia, la región austral del continente americano.
La versión más popularizada tiene al capitán Fernando de Magallanes como protagonista; la cual sostiene que el navegante portugués, que estaba dando la vuelta al mundo para demostrar empíricamente que le tierra era redonda, se encontró en el año 1520 con unos hombres de tamaño sobrenaturales y de pies gigantes en la zona donde hoy está Puerto San Julián, en la provincia de Santa Cruz.
Algunos años después, otro explorador, el inglés Fitz Roy, colaboró con esta teoría y pensó que el calzado de cuero que usaban los tehuelches pudo despertar la reacción de un Magallanes sorprendido, que exclamaría “¡Qué patagones!” al ver las huellas en la playa.
Las hipótesis que tienen a Magallanes como  el responsable de bautizar esta tierra con el nombre Patagonia difieren sobre las razones. A la idea de que los habitantes originarios tenían los pies de gran tamaño se adhiere la teoría de que en realidad, el capitán habría dicho pata gau, que en portugués, idioma natural del navegante, significa “pata grande”.
Antonio Pigafetta, el cronista que acompañó la aventura marina, no especifica en su relato las razones del bautismo, aunque sí escribe que el responsable del nombre fue Magallanes, que primero denominó “patagones” a los tehuelches que habían conocido y por el gentilicio se definió a la zona geográfica como Patagonia, imitando la denominación de California en el norte del continente.
Otra teoría cuenta que en realidad, el marino era aficionado a un personaje literario de la Europa medieval, un gigante llamado Pathoagón. Las investigaciones comprobaron la existencia de esta publicación en Francia y algunas regiones de España, pero nunca se supo si de verdad el portugués las conocía y menos si era un gran seguidor.
El capellán Francis Flechter, que era parte de la tripulación del pirata Francis Drake, también se animó a dar una teoría: estaba de acuerdo que Patagones venía a cuento del gran tamaño de los nativos de la región, aunque para él se trataba de un error tipográfico del cronista Pigafetta, ya que Magallanes los habría llamado Pentacones, una medida aritmética que se acercaría a los siete pies y medio de tamaño normal que tenían los tehuelches.
Finalmente, la historia menos aceptada es la del naturista italiano Carlos Spegazzini, que sostuvo que “patagones” proviene del quichua o en su defecto de los incas que habrían tenido contacto con los tehuelches, que aunque el origen del nombre y las razones de esta región son discutidas, no así la presencia de este pueblo en cada una de esas hipótesis.

domingo, 30 de septiembre de 2012

Matecocido


Con MSB, mi hermano.
Las hojas de los sauces reducían nuestra distancia visual hacia el frente. Esquivábamos ramas de distintas formas, algunas finas, otras gruesas, que pasábamos velozmente y que escuchábamos cuando se quebraban.
Sentí la espalda de mi hermano cuando apoyé mi cabeza en él. Luego un golpe seco, y seguido un ardor intenso en la cabeza más un gusto amargo en la boca. Me levanté de puro impulso y veo en el suelo caer unas pocas gotas rojas que se hacían moradas en la tierra, como un barro cada vez más rojo. Las primeras gotas se hicieron como un torrente, incesante. Ya era un charco. Todo se me tiñó de blanco, como una luz muy fuerte y de frente. Desesperado empecé a llorar.
Luego iba a los tumbos, lo sentía en mi espalda y cintura con golpes y mi visión era un torbellino. Sin distinguir ni enfocar nada, todo se movía de arriba-abajo, todavía era un blanco que encandilaba pero ya con algunos verdes y marrones.
Empezó a predominar un silencio tímidamente interrumpido por el sonido de utensilios de metal, me rodeaban azulejos de color celeste, el cuerpo se me dividía en dos por un fluorescente que me cruzaba horizontalmente y a un metro y medio por encima. Tras la habitación una puerta rechinaba regularmente cada unos pocos segundos, cuando parecía estar abierta se escuchaba el viento patagónico, alguna vez un ciclomotor y a veces las voces de personas que desconocía y se saludaban.
Veo los primeros rostros que también desconocía. Me daban unos tirones en el cráneo y alguien que me dice con una voz tranquila y muy clara pero de acento foráneo, mientras me muestra mi pulóver manchado y morado, “De ahora en más sos “Matecocido””.